El pasado domingo decidí dar un paseo por las campas de Olarizu, en Vitoria-Gasteiz, como tantas otras veces. Y allí me encontré con algo que en principio debería haber sido un nuevo atractivo para la ciudad: el famoso laberinto vegetal inaugurado por el Ayuntamiento en 2025 -con un presupuesto de 474.742 euros, el proyecto está enmarcado en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia y cuenta con financiación europea procedente de los fondos Next Generation EU- y que en la práctica hoy parece… nada.
Porque esa es la impresión: un conjunto de setos bajitos, desnudos en otoño e invierno, que no forman un laberinto reconocible y que no invitan a jugar ni a perderse. Justo lo que ocurre cuando paseas por un espacio abierto y no te topas con muros verdes, sino con hojas caídas y silencio. Esa “infraestructura verde” es, en este momento, prácticamente indistinguible de una campa cualquiera.
No cuestiono el valor de los espacios naturales, ni la importancia de mejorar la biodiversidad o de acercar la naturaleza a la ciudadanía. Lo que cuestiono es la prioridad, la ejecución y el sentido de ciertas decisiones públicas cuando a nuestro alrededor existen necesidades sociales urgentes: pobreza creciente, aumento de personas sin hogar, familias con dificultades para llegar a fin de mes y servicios públicos tensos que requieren atención y recursos reales.
Cuando un proyecto público cuesta casi medio millón de euros, financiado por fondos europeos, es lógico esperar un resultado tangible, visible y funcional desde el día uno. Sin embargo, lo que hoy vemos en Olarizu no responde a la expectativa creada. La vegetación plantada necesita tiempo para crecer hasta los 1,7 metros que permitirían que el laberinto funcione como tal. Pero inaugurar una obra sin ese elemento esencial deja una sensación de incompleto y superficial.
No se trata de que no vaya a funcionar algún día; se trata de que ya costó dinero público, y ese dinero hoy debería producir beneficios claros para la comunidad: espacios útiles para todos y todas, soluciones a problemas reales, inversiones que mejoren la calidad de vida y no simplemente buenos gestos paisajísticos.
La crítica no va dirigida a una ideología concreta, ni a un partido o color político. Va dirigida a la gobernanza y a las prioridades que se establecen cuando se decide qué proyectos llevar adelante y cómo se ejecutan. Porque mientras destinamos recursos a instalaciones que no cumplen su función hoy, algunos/as ciudadanos/as viven con necesidades básicas insatisfechas, servicios sociales al límite y una sensación de abandono institucional.
La política pública debería ser una herramienta para responder a las necesidades de la ciudadanía. ¿Es la naturaleza algo deseable? Sí. ¿Es prioritario ante crisis sociales y déficits en políticas de vivienda, empleo o pobreza? Es discutible. Más aún cuando la obra final no está operativa en términos prácticos y se presenta como un reclamo cuando hoy no cumple su función principal.
Las polémicas alrededor del laberinto no son nuevas. Antes incluso de su construcción hubo críticas de grupos como la plataforma SOS Olarizu, que consideraron que la intervención suponía una agresión al Anillo Verde y que no se había contado con suficiente participación ciudadana en su diseño.
Esto plantea una pregunta más general: ¿cómo se hacen las cosas? ¿Se escucha de verdad a la ciudadanía? ¿Se planifica con sentido común y perspectiva a corto y largo plazo? ¿Se evalúan las prioridades reales de la comunidad? Un proyecto que podría haber sido un símbolo de convivencia con la naturaleza hoy se convierte en motivo de ironías y memes, incluso en medios y programas de ámbito nacional.
Al final, el laberinto de Olarizu nos deja más que setos y caminos aún sin enredar: nos deja una pregunta incómoda sobre cómo se decide invertir nuestro dinero y nuestras esperanzas colectivas. ¿Estamos creando espacios que realmente mejoren la vida de la gente, o simplemente adornamos la ciudad con ilusiones efímeras? Mientras los setos crecen despacio, los problemas sociales avanzan a ritmo implacable.
Tal vez sea momento de replantear qué significa invertir “en lo que importa”: no solo en lo que se ve desde lejos, sino en lo que sostiene y dignifica la vida cotidiana de quienes habitamos la ciudad. Y quizás un laberinto que funcione no sea solo un juego de muros verdes, sino un reflejo de prioridades claras y decisiones políticas que nos hagan sentir que, por fin, estamos yendo en la dirección correcta.
Porque al final, lo que buscamos no es un laberinto que hoy parezca vacío, ni un titular bonito, ni un meme nacional. Buscamos, simplemente, una política pública que funcione para la gente, por la gente y desde las prioridades de la gente, y no al revés.
Deiane Vázquez Garcia. Trabajadora Social y escritora
FOTOGRAFÍA: D.V.G.


