Día del Libro

Hay una ausencia que se repite cada 23 de abril y que conviene señalar: la poesía. Se la menciona poco, se la compra menos y se la lee casi con pudor, como si fuera un género menor o excesivamente difícil
Libro abierto como símbolo del Día del Libro y la lectura
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El 23 de abril no es solo una fecha marcada en el calendario cultural: es, o debería ser, una invitación a detenernos. El Día del Libro llega cada año envuelto en celebraciones, firmas, descuentos, pero pocas veces nos preguntamos qué lugar ocupan realmente los libros y la lectura en nuestra vida. No como hábito ni como gesto intelectual, sino como experiencia íntima, como espacio de refugio, como una forma de salvación. En mi caso —y no exagero— escribir y leer me han salvado la vida. Me han ofrecido una manera de entender el mundo cuando el mundo no se dejaba entender, y una forma de entenderme a mí misma cuando yo tampoco sabía nombrarme.

Escribir ha sido para mí un movimiento doble y constante: plasmarme para poder plasmar, y plasmar para poder plasmarme. Un ir y venir entre lo que soy y lo que observo, entre lo que duele dentro y lo que duele fuera. No como ornamento ni como ejercicio de estilo, sino como herramienta de (auto) conocimiento. Escribir, dicen muchos manuales y reflexiones, no es solo “tener algo que decir”, sino aprender a escuchar lo que aún no tiene forma. Escribir es ordenar el caos, ensayar sentidos, fracasar muchas veces hasta encontrar una frase que, por un instante, haga sentido.

Leer funciona de un modo similar; leer no es acumular historias ni sumar títulos a una estantería; es aprender a habitar otras miradas, otras grietas, otras preguntas. Es aceptar que alguien ha pensado antes que nosotras, pero también que lo ha hecho de una manera distinta. Por eso el Día del Libro no debería ser solo una fiesta de objetos —libros comprados, libros regalados, libros leídos— sino una defensa del acto de leer como experiencia transformadora, lenta y a veces incómoda.

En un tiempo dominado por la velocidad, los resúmenes y los estímulos constantes, leer es casi un acto de resistencia; requiere atención, silencio y una disposición. Leer nos entrena en la complejidad, nos enseña que no todo se resuelve en un titular ni en una opinión rápida. Y escribir, incluso cuando no se publica, incluso cuando se queda en un cuaderno o en una nota del móvil, es una forma de no desaparecer dentro de una misma. Poner palabras donde antes había ruido, nombrar para no ahogarse.

Sin embargo, hay una ausencia que se repite cada 23 de abril y que conviene señalar: la poesía. Se la menciona poco, se la compra menos y se la lee casi con pudor, como si fuera un género menor o excesivamente difícil. ¿Por qué no se lee poesía? Tal vez porque no se deja consumir rápido. La poesía no promete respuestas claras: abre preguntas, señala fisuras, incomoda. Y quizá por eso mismo es más necesaria que nunca. En un mundo que exige productividad constante, la poesía propone pausa. En un mundo que grita, la poesía susurra. Y ese susurro, para quien se detiene a escucharlo, puede ser profundamente revelador.

En este Día del Libro del 23 de abril de 2026, tal vez deberíamos preguntarnos menos qué libro vamos a comprar y más qué lectura nos ha sostenido cuando todo tambaleaba. Qué poema nos acompañó en una noche larga. Qué frase nos ayudó a entender algo que dolía. Celebrar el libro no es venerar el papel ni la novedad editorial, sino reconocer que la lectura y la escritura pueden ser lugares donde quedarse cuando no hay espacio para la escucha, tiempo para pensar o palabras para disentir.

Leer para salvarse no es huir del mundo, sino volver a él con más herramientas. Con más preguntas, sí, pero también con más sensibilidad. Y en tiempos ásperos, donde la prisa y el ruido parecen norma, esa sensibilidad no es un lujo: es una forma de resistencia, de cuidado y, a veces, de supervivencia.

 

Deiane Vázquez Garcia. Trabajadora Social y escritora

 

FOTOGRAFÍA: Deiane Vázquez

 

 

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