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Sociedad
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Deiane Vazquez

54 días ingresada: cuando la edad no puede ser el diagnóstico
54 días ingresada: cuando la edad no puede ser el diagnóstico

El otro día, mientras tomaba un café con una amiga, mantuve una conversación con ella. Una de esas conversaciones que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan dejándote con la sensación de que necesitas contar lo que acabas de escuchar. Y eso es lo que voy a hacer.

 

—Mira, te tengo que contar una cosa, porque todavía no me lo puedo creer.

Y entonces empezó a contarme la historia de su abuela.

 

Una mujer de casi 80 años, con artrosis muy degenerativa, hipertensión y los achaques propios de la edad, pero también una mujer que llevaba meses diciendo algo muy concreto: «Me duele muchísimo la rodilla». Y quizá ahí empezó el problema. Porque parece que, cuando una persona llega a determinada edad, existe una tentación demasiado fácil de explicarlo todo con la misma palabra: artrosis. Pero esta vez, la artrosis no era lo que le estaba pasando.

 

Todo comenzó alrededor de Semana Santa, cuando su abuela, empezó a tener un dolor en la rodilla, que podía parecer uno más. La médica de cabecera fue probando tratamientos, cambiando medicación y haciendo seguimiento. Se hizo una radiografía y no apareció nada especialmente preocupante ni relevante. Se habló de un posible problema en los ligamentos internos. También de la artrosis.

 

Pasaron abril, mayo y junio; y llegó julio. A finales de ese mes, el dolor se hizo insoportable. Ya no se limitaba a la pierna: bajaba hasta el tobillo, subía hacia la rodilla, se metía en la ingle y llegaba incluso a la espalda. Y aquí quiero detenerme un momento, porque, dentro de esta historia, hay una persona a la que mi amiga menciona una y otra vez: la médica de cabecera de su abuela. Y, sinceramente, por lo que me cuenta, creo que esa mujer tiene el cielo ganado.

 

Intentó conseguir que su abuela fuera valorada por traumatología. Solicitó pruebas. Intentó que le hicieran una resonancia. Pero todo se le negaba. Insistió cuando las cosas no avanzaban. Y, cuando vio que el dolor de su paciente era ya insoportable y que llevaba meses sin una explicación, redactó un informe para que acudiera a urgencias y fuera valorada allí.

 

Es decir: alguien estaba escuchando a la paciente. Alguien estaba diciendo: aquí pasa algo y tenemos que averiguar qué es. Pero la historia continuó en el Hospital Universitario de Txagorritxu. Y, según el relato que me han trasladado, en urgencias la respuesta que recibió la familia fue, en esencia, una pregunta que me cuesta muchísimo entender: «¿qué esperan de una mujer de casi 80 años con una artrosis tan degenerativa?»

 

Quizá no fueran exactamente esas palabras, no estaba allí y no puedo saberlo. Pero la idea que transmite el relato me parece terrible, porque una cosa es tener artrosis y otra muy distinta es asumir que una persona mayor tiene que convivir con cualquier dolor porque «a su edad» es lo normal.

 

La edad no debería convertirse en un diagnóstico y en este caso, aquel médico que la atendió, decidió enviarla a casa con más medicación: paracetamol, tramadol y morfina.

 

El dolor, sin embargo, no desapareció. Aquella noche empeoró y, a la mañana siguiente, tuvieron que llamar a una ambulancia. Ya no era solo que el dolor se hubiera vuelto insoportable y hubiera aumentado todavía más en las últimas 24 horas. Era también el efecto de toda la medicación que aquella mujer llevaba tomando desde Semana Santa para intentar soportarlo: una acumulación de tratamientos que había llegado a dejarla completamente descompensada, hasta el punto de que la familia temió que su cuerpo ya no pudiera más.

 

Y esta vez sí quedó ingresada en el Hospital Universitario de Txagorritxu y a partir de ahí comenzó otro capítulo difícil de entender.

 

Me cuentan que durante días se produjo una especie de partido de tenis sanitario: traumatología, reumatología, un servicio, otro servicio, quién debía hacerse cargo, a quién correspondía valorar el problema. Mientras tanto, en medio de todo aquello, había una mujer de casi 80 años que llevaba meses sufriendo y finalmente llegó la resonancia que tanto esperaba. Y a su vez, apareció la respuesta que llevaba meses buscando: una hernia discal enorme en la columna vertebral.

 

Una hernia que explicaba el dolor. Una hernia que, según el relato de la familia, llevaba allí mientras se hablaba de artrosis, mientras se intentaban conseguir citas, mientras se solicitaban pruebas y mientras diferentes servicios sanitarios valoraban a quién correspondía atenderla. Y entonces me surge una pregunta muy sencilla. ¿Cuánto cuesta una resonancia?

 

No tengo ni idea de cuál es el coste real para Osakidetza. Pero sí sé que una resonancia cuesta menos que 54 días de hospitalización. Y eso significa camas hospitalarias, profesionales, medicación, ambulancias, pruebas, tratamientos, operaciones, rehabilitación y muchísimas horas de atención sanitaria. Ese es el coste institucional, y ese coste lo pagamos toda la sociedad con nuestros impuestos. No es dinero de Osakidetza. Y precisamente por eso los recursos deben utilizarse de manera eficaz y eficiente. Y al coste institucional habría que poder sumar otros dos costes que casi nunca aparecen en ninguna estadística: el coste familiar y el coste personal; el coste del sufrimiento y el dolor que esta pobre mujer ha tenido que aguantar durante meses.

 

¿Cuánto cuestan cuatro meses de dolor? ¿Cuánto cuesta una persona que no puede dormir porque le duele una pierna? ¿Cuánto cuesta el miedo?¿Cuánto cuesta una familia angustiada intentando conseguir que alguien descubra qué le ocurre? Ese coste no aparece en ninguna estadística de Osakidetza, pero existe.

 

La operaron en Txagorritxu y aquí vuelvo a insistir: yo no soy médico, no conozco los detalles técnicos de la intervención y no pretendo juzgar una operación quirúrgica desde fuera, pero según me relatan, durante la primera intervención surgió una complicación relacionada con una de las membranas que protegen la médula y con la salida de líquido, por lo que los cirujanos tuvieron que cerrar rápidamente para evitar consecuencias mayores. La intervención, por tanto, no pudo completarse en ese momento.

 

La operación terminó, pero al día siguiente apareció otro problema. La mujer no sentía una pierna. No podía moverla. Le pellizcaban y no notaba nada y el dolor continuaba.

 

Pasaron días. 7 días más, según me cuentan, hasta que finalmente decidieron volver a operar para intervenir sobre la parte de la hernia que había quedado dentro. No fueron, por tanto, dos operaciones independientes en el sentido de dos problemas distintos. Fue una misma intervención que tuvo que quedar interrumpida por el riesgo surgido durante la primera cirugía y que posteriormente tuvo que retomarse.

 

Esta segunda operación, afortunadamente, parece haber ido mejor. Ya no tiene dolor, está aprendiendo a volver a caminar y ser un poco más autónoma. También está haciendo rehabilitación.

 

Y aquí aparece otra de esas pequeñas cosas que, cuando las piensas detenidamente, te hacen levantar una ceja. Según cuenta mi amiga, la rehabilitación comenzó después de que la propia paciente la reclamara insistentemente. Una mujer de casi 80 años, después de una operación, sin sensibilidad inicialmente en una pierna y después de más de 54 días ingresada, tuvo que pedir que la ayudaran a recuperar la movilidad. Tuvo que insistir y eso también debería hacernos pensar. Porque un paciente ingresado no debería necesitar convertirse en abogado de sí mismo para conseguir aquello que necesita para recuperarse. Pero la historia no termina aquí.

 

Hay otro episodio que, sí sucedió tal y como me lo han contado, me parece especialmente preocupante. Una noche se le administró a esta mujer un medicamento al que consta que es alérgica. Era una alergia que figuraba en su historia clínica y que, además, estaba señalizada en su cama. Aun así, se le administró.

 

¿Cómo puede suceder algo así en un hospital? ¿Cómo puede una paciente recibir un medicamento al que consta que es alérgica? No tengo la respuesta y precisamente por eso hago la pregunta. Porque creo que preguntar no es atacar a Osakidetza. Preguntar es exigir que el sistema explique qué ha sucedido. Y hay más.

 

Durante estos casi 54 días ingresada en el Hospital de Txagorritxu, mi amiga también me habla de medicación que habría tardado horas en llegar después de ser solicitada, de respuestas desagradables, de comentarios poco apropiados cuando su abuela pedía ayuda para ir al baño, de ropa de cama que en ocasiones no estaba limpia o de comidas que no coincidían con lo solicitado.

 

¿Significa esto que todo el personal del hospital trabaja mal? Por supuesto que no. Sería injusto decirlo. De hecho, mi amiga también habla de profesionales que han tratado a su abuela con cariño, humanidad y dedicación. Y creo que hay que decirlo.

Porque detrás de Osakidetza hay miles de profesionales que trabajan cada día en condiciones muy difíciles. Personas que están saturadas, que tienen que atender a demasiados pacientes y que hacen un trabajo extraordinariamente complicado. Pero precisamente por eso hay que distinguir dos cosas: comprender la saturación no significa justificar cualquier cosa.

 

Podemos “entender” que un/a profesional esté desbordado/a. Podemos “comprender” que haya falta de personal. Lo que no deberíamos aceptar es que esos problemas terminen recayendo sobre los/as pacientes. Porque si una mujer lleva meses diciendo que le duele una rodilla y finalmente resulta que tiene una hernia discal enorme, quizá deberíamos preguntarnos si estamos escuchando suficientemente a nuestros pacientes.

 

Y quizá también deberíamos preguntarnos si existe una forma de medicina que invisibiliza a las mujeres mayores porque se da por supuesto que sus dolores, sus limitaciones y sus problemas forman parte inevitable de cumplir años.

 

Si una médica de cabecera insiste durante meses para conseguir una valoración especializada y no lo consigue, quizá deberíamos preguntarnos si las puertas entre atención primaria y especializada están funcionando como deberían.

 

Si una persona termina ingresada durante casi 54 días y durante parte de ese tiempo diferentes servicios discuten quién debe hacerse cargo de ella, quizá deberíamos preguntarnos si estamos organizando correctamente nuestros recursos.

 

Si a una paciente se le administra un medicamento al que consta que es alérgica, quizá deberíamos preguntarnos qué mecanismos de seguridad han fallado.

 

Y si una mujer que necesita rehabilitación tiene que pedirla una y otra vez, quizá deberíamos preguntarnos si estamos poniendo realmente al paciente en el centro.

 

No tengo las respuestas y tampoco pretendo tenerlas. Lo que tengo son preguntas y una historia que me han contado. Por eso no quiero convertir este texto en un ataque contra Osakidetza ni contra el Hospital Universitario de Txagorritxu, ni mucho menos contra los y las profesionales que trabajan allí.

 

Pero tampoco quiero mirar hacia otro lado. Porque, si todo lo que me han contado sucedió como me lo han relatado, hay demasiadas cosas que merecen una explicación. Y también hay que contar que, frente a todo lo que genera dudas, hubo profesionales que sí estuvieron pendientes, que se preocuparon y que llamaron día sí y día también desde su consulta para saber cómo se encontraba su paciente. Y esa profesional fue su médica de cabecera.

 

Esa mujer que siguió insistiendo cuando parecía que todo podía explicarse por la artrosis. La profesional que no se conformó con un «será la edad». La que intentó conseguir una resonancia. La que pidió que la valoraran. La que, ante un dolor que no cuadraba, dijo: esto no puede seguir así. No sé su nombre, pero, por lo que me cuentan, esa médica tiene el cielo ganado.

 

Porque quizá esa sea precisamente la medicina que queremos: la que escucha. La que mira al paciente y no solamente a su edad. La que no se conforma con el primer diagnóstico posible. La que insiste cuando algo no encaja. La que entiende que detrás de una persona de casi 80 años hay una historia, un cuerpo, una familia y, sobre todo, una persona que está sufriendo.

 

Ahora su abuela ya está en casa, recuperándose de la segunda operación y combatiendo contra un virus que cogió en el quirófano. Pero después de casi 54 días, después de tres intervenciones, después de meses de dolor, después de haber perdido temporalmente la sensibilidad y la movilidad de una pierna, después de haber sufrido; ahora empieza a recuperar movilidad, ahora hace rehabilitación, ahora parece que poco a poco vuelve a caminar. Y quizá esa sea la parte que más me conmueve de toda esta historia. Que después de todo, sigue intentando levantarse. Sigue intentando caminar. Sigue intentando recuperarse.

 

Pero también me gustaría que, como sociedad, intentáramos reflexionar y preguntarnos qué estamos haciendo mal. Porque cuando hablamos de sanidad solemos hablar de listas de espera, presupuestos, ratios, derivaciones, especialistas y estadísticas. Y todo eso importa, pero a veces olvidamos lo más sencillo: los pacientes no son expedientes, son personas.

 

Personas que tienen miedo, que tienen dolor, que tienen frío, que tienen hambre, que necesitan ir al baño, que necesitan que alguien les explique qué está pasando, que necesitan que alguien acuda cuando pulsan un timbre, que necesitan que alguien les escuche cuando dicen: «Me duele».

 

Y quizá eso sea lo más importante de toda esta historia: que esta mujer llevaba meses diciendo que le dolía la rodilla y que alguien, finalmente, tuvo que encontrar qué le pasaba.

 

No debería ser demasiado pedir. Mucho menos después de toda una vida trabajando, cotizando, cuidando de otros y sosteniendo un sistema del que, llegado el momento, todos esperamos algo muy sencillo: que también nos cuide a nosotros y nosotras.

 

Por eso he querido contar esta historia. No porque tenga todas las respuestas, sino porque quizá alguien tenga que empezar a hacer las preguntas.

 

Deiane Vázquez García. Trabajadora Social Forense y poeta

 

FOTOGRAFÍA: Magnific

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