Este artículo ha sido publicado originalmente en la revista Berberana, de la Cuadrilla de Rioja Alavesa. ZUK lo reproduce íntegramente con motivo del eclipse total de Sol del 12 de agosto de 2026, que volverá a situar a Laguardia ante un fenómeno que la localidad ya vivió de una manera excepcional en 1860.
Unos ingleses en Laguardia
En el siglo XIX, otro eclipse llamó la atención de todo Europa, y astrónomos de varios países se trasladaron a distintos lugares de la península. La expedición más numerosa fue la organizada por George Biddell Airy, Astrónomo Real y director del observatorio de Greenwich. La Expedición Himalaya, así denominada por el nombre del buque británico utilizado en el viaje, trasladó a un gran número de astrónomos desde Plymouth a Bilbao. El destino de algunos de ellos era Aragón, Valencia y Castellón, pero una gran parte de aquellos científicos situaron sus puntos de observación en distintas localidades alavesas. La intención era repartirse estratégicamente por distintas poblaciones para asegurar las opciones de observación en caso de una meteorología desfavorable y comparar sus resultados.
En los alrededores de Pobes y Ribabellosa, el propio Airy y Warren De la Rue instalaron su instrumental y realizaron cálculos, tomaron anotaciones científicas de todo tipo, e incluso hicieron dibujos y fotografías del eclipse total. Otros astrónomos se habían instalado en Llodio, Anda, Vitoria o Peñacerrada, y otros se dirigieron más al sur.
Uno de aquellos científicos fue Francis Galton (1822-1911). Científico inglés, formado en medicina, matemáticas, estadística, antropología y otras ciencias. Fue primo de Charles Darwin, cuya obra influyó en sus investigaciones estudios sobre la evolución humana y la eugenesia, con teorías discutidas. Investigó en numerosos campos y trabajó también en varios inventos. Diseñó el primer sistema de clasificación de huellas dactilares utilizado con fines forenses, y creó el primer mapa meteorológico moderno, que fue publicado en el periódico “The Times” en 1875.
Galton tenía también grandes conocimientos sobre geografía, cartografía y astronomía. Formó parte de la Royal Geographic Society, realizando numerosas expediciones y viajes por África, Europa y Oriente Medio. Narró sus experiencias en varias publicaciones, siendo el editor, entre otras obras, de Vacation Notes and Tourists of Travel in 1860, en la que junto a los relatos de otros viajeros incluyó su “A Visit to North Spain at the Time of the Eclipse” [Una visita al norte de España en la época del eclipse].
Francis Galton relató su viaje con el grupo de astrónomos británicos en el buque H.M.S. Himalaya, y al llegar a Bilbao describió su sensación de encontrarse “en un nuevo país y en medio de una civilización que no era ni inglesa, ni francesa, ni italiana, ni se parecía a la de ningún otro país que conociera, sino algo completamente peculiar”.
El objetivo científico del grupo de Francis Galton, formado junto con Henry Atwood y Charles Gray, era el estudio de las protuberancias o “llamaradas rojas» y del “calor radiado por la corona solar”, aunque un accidente sufrido en el instrumental obligó a modificar los planes. El destino inicial de este grupo de científicos era una posición más allá de Logroño, en el Puerto de Piqueras, pero finalmente la observación del eclipse se hizo desde Laguardia.
Henry Atwood (1800-1877), el reverendo Henry Adams Sergison Atwood, fue también miembro de la Royal Astronomical Society. Le interesaba la astronomía, aunque sus ocupaciones cotidianas le impedían dedicarse a la investigación astronómica de forma exhaustiva. Está documentada su relación con el pionero de la fotografía William Henry Fox Talbot. Al conocer sobre la preparación de la expedición inglesa, Henry Atwood solicitó formar parte de ella. Deseaba «ser útil a la ciencia» y disponía de un pequeño refractor y un higrómetro que se llevaría consigo para ayudar en las observaciones. En cuanto a los planes de observación, quería centrarse en el aspecto de la corona solar, las «perlas de Baily» o la iluminación de la Luna. En su obituario se menciona su participación en la observación del eclipse de 1860:
“En el momento de la totalidad, el Sr. Atwood se encontraba apostado, junto con el Sr. Francis Galton y el Sr. Gray, en una torre a las afueras de la pequeña localidad de La Guardia, cerca de Logroño, desde donde tenían una excelente vista del campo circundante. Se había acordado que el Sr. Atwood se dedicara a las observaciones meteorológicas, pero también encontró tiempo para observar los cambios de tonalidad en las nubes y el cielo a medida que avanzaba la sombra”.
Menos se conoce de la biografía de Charles Gray. Le unía una relación de amistad con Francis Galton. Sabemos que al finalizar los trabajos de observación del eclipse, en lugar de regresar en el Himalaya nuevamente a Inglaterra, Galton y Gray se dirigieron a San Sebastián, junto con la mujer de Galton, y acabaron pasando parte del verano en los Pirineos.
Sin duda, debió ser todo un acontecimiento aquel otro eclipse de 1860 en Laguardia, pero también la llegada de aquellos ingleses en una carreta con todo tipo de instrumentos para la observación científica. Así lo describía el propio Galton al abandonar Laguardia:
“Así se completó el objetivo que nos había llevado a España, y bajamos en carruaje la colina de Laguardia entre gritos de «¡Viva Ynglaterra!», pues nos habíamos hecho sumamente populares en el pueblo, gracias a la amable manera en que nuestros anfitriones nos habían presentado por todas partes, e incrementamos el triunfo de nuestra partida esparciendo calderilla entre los pilluelos que se habían reunido para vernos marchar”.
Un viaje en la época del eclipse
Francis Galton describe detalladamente en su “A Visit to North Spain at the Time of the Eclipse” las observaciones realizadas, pero relata también otras impresiones de su viaje, desde su desembarco, su llegada a Laguardia y el viaje de regreso.
“Hay signos evidentes de abundante actividad local; no hay mendicidad, ni pobreza aparente, ni indolencia apática: a todo esto se añade un notable pintoresquismo en su vida social. En resumen, esta parte de las provincias vascongadas no se me presentó como me habían hecho esperar.”
Le llamaron la atención especialmente la arquitectura, con casas de grandes miradores, los paseos públicos, la música, las niñeras, el desconocimiento del inglés y francés entre la población y muchos otros aspectos de las gentes con que se encontraron.
“Nada de uso común parecía tomado de otros países. Las vestimentas de los hombres, las mujeres, los sacerdotes, los mozos de cuerda y los arrieros eran peculiares y no carecían de vistosidad. Los animales de tiro eran mulas y bueyes, y hacían su trabajo de forma excelente… Cada acto de la gente era original: su forma de andar, sus utensilios, su manera de ponerse a trabajar. Miré el interior de muchas tiendas —como hojalaterías, herrerías, alfarerías, etcétera— y llegué a la conclusión, hablando a grandes rasgos, de que si alguno de sus modelos se introdujera en Inglaterra, o si alguno de los nuestros sustituyera a los suyos, el cambio supondría una clara incongruencia y una mejora cuestionable.”
“Considerándolo todo, me sentí como alguien caído en una tierra completamente nueva, con una infinidad de cosas por aprender y observar. Sin embargo, no sentí ninguna extrañeza en sus costumbres, sino que imaginé que podría adaptarme con facilidad.”
“Fuimos tratados con marcada cortesía dondequiera que se nos reconocía; pero otra bienvenida menor fue la que más me deleitó por su evidente sinceridad. Fue esta: siempre he notado que los niños y los perros son los primeros en descubrir y rechazar a un extraño. Pues bien, fue un hecho, que no recuerdo haber experimentado en ningún otro lugar, que aunque yo vestía como un inglés —por ejemplo, solía llevar una chaqueta de caza de color claro, mientras que todas las clases altas españolas visten de negro y las bajas trajes nacionales—, siempre que exploraba calles secundarias y me topaba inesperadamente con grupos de niños o perros callejeros dispersos, todos y cada uno de ellos me trataban como a un compatriota, y casi nunca daban un grito de terror o un ladrido de antipatía.”
“Vi pocos rostros hermosos en el norte de España, pero rara vez vi uno vulgar. Los hombres eran todos de una gran apostura, especialmente los campesinos. Fue un absoluto dolor para mí, cuando salí de España por ese de moda lugar de veraneo, San Sebastián, ver la inferioridad de físico, modales y trato de las clases altas de la sociedad madrileña que allí se congregan, en comparación con los campesinos vascos entre los que tanto había viajado recientemente”
“No tengo ninguna queja de las posadas de las tres únicas ciudades donde me alojé: Bilbao, Vitoria y Logroño… El alojamiento y la cocina no solo eran iguales, sino considerablemente superiores a los de las grandes ciudades de Francia que no se encuentran en ninguna línea regular de tráfico turístico; superiores, por ejemplo, a los de Nantes. No había una cantidad desagradable de ajo, ni de nada que fuera inusual en la comida; y gran parte del vino común era sumamente bueno. Algunos de los comestibles —por ejemplo, los bizcochos azucarados, como espuma endurecida o piedra pómez fina, pero blancos y solubles, que consume todo el mundo mojándolos en chocolate o agua— son excelentes. El chocolate es realmente bueno; mucho mejor —me pregunto por qué— del que puedo conseguir en cualquier otro sitio. En cuanto a los platos sólidos, no me importa entrar en detalles: basta con decir que los encontré sabrosos y digestibles, cosa que las cenas de las posadas inglesas no son. Aunque las posadas estuvieran sucias, la ropa de cama estaba limpia, y las ciudades, de punta a punta, estaban notablemente libres de suciedad y malos olores. No es hacer justicia a estas partes de España hablar de ellas como extraordinariamente atrasadas; en cuanto a la mendicidad, no parece existir.”
Entre otros recuerdos sobre el viaje destaca el ambiente y los colores de las calles y construcciones, de la indumentaria, y del paisaje, por el efecto de la diferente luz del cielo. Le impresionó especialmente la vista del valle del Ebro que encontraron al superar la Sierra de Toloño.
“Alquilamos un carruaje en Vitoria y pasamos, por un camino de montaña poco transitado, por encima de la Sierra de Toloño hacia Logroño, más allá de la cual se encontraba nuestra proyectada estación. La cresta de la Sierra formaba el límite norte del valle del Ebro, y sentíamos gran ansiedad por contemplar el reputado cielo azul del nuevo país, pues hasta entonces el tiempo había sido caprichoso y frecuentemente cubierto. Cuando alcanzamos la cumbre y hubimos descendido libres de las nubes que reposaban en ella, la amplitud y aridez de la vista me cogieron por sorpresa. El valle era casi tan rojizo como un wady africano, y de unas cuarenta millas de ancho, discurriendo en amplias curvas entre líneas y grupos de montañas que se elevaban en masas salvajes y desordenadas, flanqueadas por algunos nobles riscos y adornadas con unos pocos picos aislados. Era una vista de primer orden, merecedora de figurar entre las diez o doce mejores de las que conozco. Hay tres vistas, más o menos de esta descripción, a las que me refiero habitualmente como patrones de comparación convenientes, y que suelo citar como las mejores que conozco. Su similitud radica en la amplitud de la ladera de la montaña desde donde se toma la vista, en la vasta y continua extensión de rico país que se extiende a sus pies, y en la plenitud de la imagen, debido a que sus límites están enmarcados con objetos naturales y no se pierden de vista en una bruma desordenada e indistinta. Estas vistas son: 1. La de las colinas sobre Trieste. 2. Desde debajo de los cedros del Líbano, sobre las llanuras de Trípoli; y 3. Desde nuestro propio Devil’s Dyke, cerca de Brighton. La panorámica del valle del Ebro es poco inferior a cualquiera de estas”.
La elección de Laguardia como punto de observación del eclipse se debió a algunas dificultades para acceder al Puerto de Piqueras. El relato de la elección del lugar de observación y su instalación es también muy curioso.
“Al llegar a la llanura, nuestro camino nos llevó a través de un pueblo llamado Laguardia. Estaba encaramado en lo alto de una colina cónica aislada, horadada de bodegas de vino, en una situación que dominaba la llanura. Estaba amurallado con antiguas murallas y torres, y sugería el ideal mismo de su nombre. Aquí tuvimos que parar para dar de comer a los animales —estaba a once millas antes de llegar a Logroño— y nuestra proyectada estación estaba a veinte millas al otro lado de esa ciudad, en el límite opuesto del valle del Ebro, en la cima de una amplia colina, inaccesible para los carruajes debido a algunos puentes rotos, y carente de edificios donde nuestros instrumentos pudieran ser resguardados y puestos en orden. Pero Laguardia estaba plenamente tan bien situada, tanto en lo que respecta a la trayectoria de la sombra como a las estaciones de los otros grupos de observación. Había espacio para albergar nuestros instrumentos, la vista de la llanura hacia el sureste, por donde barrería la franja negra de la sombra de la totalidad cuando reapareciera el sol, era visible sin interrupción; y, por último, las nubes se aferraban a las altas cumbres de las colinas, mientras que todo el cielo sobre nosotros estaba brillante y despejado. Unas pocas palabras bastaron para demostrar que apreciábamos por igual estas ventajas, y salimos disparados hacia la torre de la iglesia principal, entre el reloj y las campanas, por las derruidas murallas y por doquier donde esperábamos seleccionar la mejor estación, para asombro de los naturales, que al principio no comprendían el objeto de nuestras diligencias. El resultado fue que nos aventuramos a transmitir un cortés mensaje al propietario de una casa que se elevaba a gran altura y tenía una azotea plana, utilizada para secar la ropa y parcialmente techada. Resultó estar habitada conjuntamente por un sacerdote y un médico. Nos acogieron cordial y muy cortésmente. Trepamos por la escalerita de piedra que conducía a su tejado, dándonos golpes en la cabeza y rozándonos los codos, y encontramos el lugar sumamente bien acondicionado para nuestras necesidades. Nuestros anfitriones lo pusieron de inmediato a nuestra entera disposición. Nos dieron caballetes en los que pudimos atornillar los soportes de los telescopios, tablas y sillas. Fuimos luego a ver a un carpintero, que se encargó de unos pequeños asuntos que nos hacían falta y los hizo, como encuentro que suelen hacer los extranjeros en tales ocasiones, con una inteligencia y rapidez de comprensión rara vez vistas en un mecánico inglés. Finalmente, guardamos bajo llave nuestros preciosos instrumentos en una habitación vacía, a la espera del día anterior al eclipse, cuando debíamos regresar para montarlos y tenerlos listos, y para realizar unas pocas observaciones introductorias. Laguardia no era un lugar para alojarse con comodidad —era un mero pueblo—; además, teníamos cartas de presentación para Logroño, así que nos fuimos allí y establecimos nuestros cuarteles, tomando lecciones de español, bañándonos en el Ebro, comprando minucias y curioseando por todas partes”.
“El día anterior al eclipse nos dirigimos a Laguardia para disponer nuestros instrumentos. Fue allí donde descubrí un desastre que le había acaecido al mío. Había llevado un actinómetro (el de Herschel) y, al exponerlo al sol, descubrí que algo iba mal. Resultó que el tubo del termómetro que llevaba dentro se había roto. Confieso con franqueza que un creciente sentimiento de júbilo acompañó a este descubrimiento; ahora ya no estaba obligado necesariamente a pasar los preciosos tres minutos del eclipse escudriñando una columna ascendente de fluido azul en un tubo graduado y anotando los resultados a la débil luz de una lámpara, sino que era libre de disfrutar plenamente de toda la gloria del eclipse”.
El eclipse del 18 de julio de 1860
En las notas publicadas por Francis Galton se relata cómo las nubes amenazaban la observación por la mañana… “por encima de la Sierra de Toloño, arrastrando nubes desde su cumbre, donde se amontonaba una abundante reserva de ellas. Las nubes arrastradas eran cúmulos bajos, con pocos indicios de azul entre ellos; sin embargo, el cielo mejoró a medida que avanzaba el día”… y unos 25 minutos antes de la totalidad, el cielo se despejó por completo sobre Laguardia. Galton describe el color del firmamento como un «azul inglés perfecto… a partir de ese momento no tuvimos contratiempos, el espacio azul sobre nuestras cabezas se amplió rápida y continuamente, y la tarde cerró con un sol constante”.
Galton realizó un dibujo en acuarela para intentar determinar el color exacto de la luz del eclipse. Utilizó para captar todos los detalles “un pequeño telescopio de teodolito de la menor potencia, muy convenientemente montado, que me permitiría aislar cualquier parte de la Corona que eligiera, y precaverme así contra la posibilidad de una ilusión óptica debida a las apariencias adyacentes. Para experimentar con la luz del eclipse, llevaba también conmigo una cajita de doce colores que había seleccionado hace algunos años”.
“El Sr. Atwood y el Sr. Gray disponían de grandes telescopios y se dedicaron principalmente, como he dicho, a las Protuberancias Rojas. Dispusimos nuestras linternas y relojes en posiciones convenientes”
Y llegó el momento del eclipse, y “se congregaron multitudes de personas al pie de nuestra torre, y alrededor de una docena de espectadores se encontraban en la azotea a nuestro lado. Respetaron cuidadosa y cortésmente la parte que ocupábamos, y añadieron placer a nuestra estancia con sus agudas observaciones y su manifiesto interés por nuestras actividades.”
Galton anotó cuidadosamente, casi minuto a minuto, los cambios de luz, la caída drástica de la temperatura en la villa y el comportamiento del viento durante los minutos de oscuridad total:
“El eclipse comenzó a la 1h 50m según mi reloj… a las 2h 15m la luz disminuyó sensiblemente… a las 2h 35m la luz es aún más peculiar; los colores como antes (La gente de la azotea nota que el color del cielo es más oscuro. Yo lo dudo. Las manchas del sol, vistas a través del telescopio, aparecen decididamente más oscuras. Todos estamos de acuerdo en esto)… a las 2h 55m, luz mucho más tenue, las sombras eran muy oscuras y nítidas, aire frío… 2h 58m, las numerosas palomas del lugar empezaron a volar a casa, revoloteando apresuradamente, refugiándose donde podían. Hubo una especie de silencio en la multitud… Hacia las 3h —siento decir que olvidé anotar la hora exacta del reloj— llegó la totalidad con gran belleza. La Corona se formó muy rápidamente en toda su perfección … Me recordó a alguna brillante condecoración u orden militar, hecha de diamantes y de diseño exquisito. No había nada que infundiera terror en la visión del sol borrado; al contrario, el efecto general del espectáculo en mi mente fue de asombro y deleite puros. Un murmullo bajo de voces se levantó entre la multitud al pie de la torre, semejante al que se oye cuando se exhibe un juego de fuegos artificiales sumamente hermoso en una fiesta. La luz de la Corona bastaba abundantemente para escribir notas rápidas y para ver mis colores… el dibujo que hice, y que se ofrece aquí, es a mi juicio un diagrama fiel de este espléndido meteoro. Lo dibujé sin tomar ninguna medida que me guiara, sino simplemente como esbozaría cualquier objeto ordinario. La parte superior es la que estaba más alta cuando lo dibujé. No utilicé linterna, ni me hizo falta; había luz suficiente…”
“Parecía apenas posible creer que la luz de la Corona fuera otra cosa que los rayos del sol, hechos visibles de una manera incomprensible alrededor del borde de la luna… Cuatro o cinco minutos después de la reaparición del sol, el Sr. Atwood llamó la atención sobre unas notables radiaciones luminosas, como rayos de sol sesgados a través de una nube… La aclaración del paisaje fue rápida: incluso a las 3h 16m todo parecía a mis ojos casi natural. En el momento de la totalidad, el cielo no me pareció descender. El cielo estaba bastante amarillo cerca del horizonte, pero noté la ausencia de luz más bien que el color de la luz; y un efecto de extrañeza más bien que de tristeza. Un par de ráfagas de viento precedieron a la totalidad”.
“La gente de Logroño no podía creer que hubiéramos sido tan afortunados en nuestro día. En aquella ciudad no se había visto nada del eclipse”.
Se conserva también la carta que Galton dirigió a su madre, Violetta Darwin, y a su hermana Emma desde Logroño al día siguiente del eclipse. En ella le dice haber visto el eclipse, de una belleza que no podrá olvidar, con la corona solar brillando en cielo como la mayor de las joyas, y que los observadores exclamaban como si estuvieran viendo fuegos artificiales. Incluye en la carta un pequeño boceto del eclipse.
Se puede acceder al relato completo de Francis Galton (Vacation Notes and Tourists of Travel in 1860. Macmillan & Co. Cambridge- Londres, 1861), a través de este enlace:
AUTORA: Edurne Martín Ibarraran, técnico del Museo Fournier de Naipes de Álava
Publicado originalmente en la revista Berberana, de la Cuadrilla de Rioja Alavesa.



