Hay historias que no empiezan cuando se cuentan, sino cuando por fin se pueden nombrar.
Durante mucho tiempo, la violencia machista no tuvo lenguaje; fue apenas una sensación difusa, un nudo en el cuerpo, una forma de estar en el mundo sin entender del todo por qué dolía tanto. Pero llega un momento en que callar pesa demasiado, y entonces, hablar deja de ser una elección y se vuelve una necesidad. Y hoy, esa herida tiene palabras.
De ahí nace este podcast, una serie de siete capítulos que se publicaron cada jueves y que ahora puede escucharse completa, como una sola historia que tiene más sentido cuando se entiende de principio a fin: mi propia historia.
Donde la herida se convierte en palabra no es solo un título, es una idea clara: poner en palabras lo que durante mucho tiempo no se pudo decir. No se trata solo de contar el dolor, de lo vivido, sino de mirarlo de frente y entender que no es algo aislado, sino parte de una realidad más amplia que afecta a muchas mujeres y niños y niñas en el mundo.
A lo largo de los siete episodios, el podcast muestra distintas formas de violencia; no solo la violencia machista, sino también otras como la violencia vicaria, la sexual o la institucional. Violencias que se infiltran en lo cotidiano, que se normalizan, que se justifican, que incluso se niegan. Y sin embargo, están ahí, organizando la vida desde la sombra; pero que dejan huella en cómo una mujer, un niño o una niña vive, se desarrolla, confía, ama o se relaciona con el mundo y consigo mismo/a.
Durante décadas, las narrativas sobre la violencia machista han sido fragmentadas, minimizadas o directamente deslegitimadas. Se duda de quien habla, se cuestiona su memoría, su tono, su intención. Se le exigen pruebas imposibles y una coherencia emocional que nadie exigiría en otros contextos. Por eso, cuando una voz decide narrar su historia completa, sin pedir permiso y sin suavizar lo que incomoda, lo que rompe, lo que desordena: algo se desplaza. No solo en quien escucha, sino en el propio campo de lo decible.
Este no es un relato pensado para dar pena, sino para que quien escucha entienda. Porque no es lo mismo ver el dolor desde fuera que reconocer que forma parte de un problema social mucho más grande.
Uno de los puntos fuertes del proyecto es que logra incomodar sin caer en el morbo. En un momento en el que muchas veces el sufrimiento se convierte en contenido, este podcast propone algo distinto: escuchar con atención, sin buscar respuestas rápidas ni finales fáciles.
Y es que poner en palabras una herida no la hace desaparecer, pero sí cambia algo importante. Ayuda a ordenar lo vivido, a darle sentido y, sobre todo, a dejar de estar en silencio. Donde antes no se podía hablar, ahora hay una voz y esa voz no solo cuenta una historia, mi historia; sino que invita a otras mujeres y niños y niñas a reconocerse. Porque cuando una historia deja de ser un secreto, cuando encuentra palabras y circulación, deja de pertenecer únicamente a quien la vivió. Empieza a resonar en otras, en otros cuerpos, en otras memorias. Activa reconocimientos, incomodidades, preguntas. Rompe el aislamiento que la violencia necesita para sostenerse. Porque muchas vivencias que parecen individuales forman parte de una memoría común. Y ahí, en ese pasaje de lo íntimo a lo compartido, la herida cambia de sentido.
Al final, queda una pregunta: ¿qué pasa cuando por fin se puede hablar? No hay una única respuesta. Hablar no borra lo ocurrido, pero sí cambia su lugar. Permite compartirlo y entenderlo mejor.
En un contexto donde todavía cuesta nombrar muchas de estas violencias, proyectos como este son necesarios. No porque den soluciones definitivas, sino porque ayudan a abrir los ojos. Porque poner nombre a lo que ocurre ya es, en sí mismo, una forma de resistencia y revolución.
El podcast ya está disponible para escucharse completo en distintas plataformas digitales.
Deiane Vázquez Garcia. Trabajadora Social y escritora
FOTOGRAFÍA: Cedida
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