Mujeres y niñas asesinadas en el silencio patriarcal

"En memoria de todas las mujeres y de todos los niños y niñas que han perdido la vida a causa de las violencias machistas. Nombrarlas es un acto de justicia. No olvidarlas, una responsabilidad colectiva"
Violencia machista representada de forma simbólica con silueta femenina en sombra
avatar

ZUK.eus

Cada vez que un terremoto sacude una ciudad o un incendio devora montes enteros, el mundo se detiene, los informativos se abren con imágenes, las redes sociales se llenan de mensajes de solidaridad, se activan campañas de ayuda urgente y lloramos juntos y juntas las catástrofes repentinas, pues parece que nos conmueve lo extraordinario.

 

Pero hay otra catástrofe que no necesita placas tectónicas ni llamas para arrasar vidas. Es diaria, constante, silenciosa y ocurre en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestras escuelas y se llama violencia machista. Esta violencia, no sacude edificios, pero destruye vidas; no ocupa portadas durante semanas, pero sostiene estadísticas que crecen cada año. No es un accidente que esto suceda: es una estructura.

 

Cada mujer asesinada no es un suceso aislado, cada niña abusada, cada adolescente violentada, cada madre que vive con miedo no es una excepción trágica. Son síntomas de un sistema que funciona exactamente como fue diseñado: colocando a las mujeres y a las niñas en una posición de vulnerabilidad histórica que aún no hemos desmontado. Y, sin embargo, no lloramos igual.

 

¿Por qué un accidente aéreo paraliza un país y un feminicidio se convierte en un breve en la sección de sucesos?

 

¿Por qué un desastre natural genera unidad inmediata y la violencia machista provoca debates, matices, sospechas y justificaciones?

 

Tal vez porque las catástrofes naturales nos permiten sentirnos inocentes; nadie es responsable de un terremoto o nadie encarna la culpa de un huracán. En cambio, la violencia machista nos obliga a mirar de frente el mundo que habitamos: los silencios que mantenemos, los chistes que toleramos, las desigualdades que normalizamos, las instituciones que no protegen, las sentencias que no reparan.

 

Parece que lo extraordinario nos conmueve y lo estructural nos incomoda, puesto que la violencia machista no provoca unidad, provoca sospecha. No genera consenso, genera debate. No despierta empatía, sino desconfianza hacia las víctimas. ¿Mintió? ¿Denunció? ¿Por qué no se fue antes? Preguntas que jamás formularíamos ante una catástrofe natural.

 

La verdadera tragedia no es solo que la violencia exista; es que hemos aprendido a convivir con ella. Nos hemos anestesiado. Hemos construido una sensibilidad selectiva: lloramos lo que irrumpe, pero no lo que persiste.

 

Desde 2003, 1.357 mujeres han sido asesinadas por violencia de género en España a manos de sus parejas o exparejas. Desde 2013, la violencia vicaria ha dejado un balance devastador: 68 niños y niñas asesinados/as en este contexto (según diferentes actualizaciones oficiales), una realidad que evidencia cómo la violencia machista también se ejerce contra la infancia como forma extrema de daño. Solo en lo que va de año, 18 mujeres han sido asesinadas.

 

Y según los datos más recientes del Sistema VioGen, a 31 de diciembre de 2025, se registraron 103.461 casos activos de mujeres víctimas de violencia de género, de los cuales 58.367 contaban con protección policial. Además, más de 54.000 casos corresponden a mujeres con menores a su cargo; a mediados de 2025, más de 1.500 menores estaban en riesgo de sufrir violencia vicaria y más de 17.000 niños y niñas se encontraban en niveles de vulnerabilidad extrema o alta debido a entornos de maltrato.

 

Así que no hablamos de hechos aislados, hablamos de una estructura que sigue permitiendo que esto ocurra. Y es que la violencia machista no es una catástrofe puntual, es una emergencia permanente y una emergencia que se prolonga en el tiempo ya no parece urgente; parece normal.

 

Ahí está el mayor cinismo de nuestra sociedad, pues no necesitamos más conmoción episódica, no necesitamos más minutos de silencio ni declaraciones institucionales sin consecuencias., necesitamos indignación sostenida, políticas valientes y una responsabilidad colectiva que no mire hacia otro lado mientras mujeres y niñas siguen llenando cementerios. Porque lloramos las catástrofes repentinas, pero la violencia machista —y su forma más devastadora cuando golpea a la infancia y la adolescencia— es la catástrofe que hemos decidido no mirar de frente.

 

Y quizá el primer gesto verdaderamente transformador sea dejar de mirar la violencia machista como un suceso inevitable y empezar a tratarla, de una vez por todas, como lo que es: una injusticia intolerable que nos interpela, nos compromete y nos hace responsables a todas y todos, cada día.

 

En memoria de todas las mujeres y de todos los niños y niñas que han perdido la vida a causa de las violencias machistas. Nombrarlas es un acto de justicia. No olvidarlas, una responsabilidad colectiva.

 

Deiane Vázquez Garcia. Trabajadora Social y escritora

 

FOTOGRAFÍA: Freepik

 

VITAL-ARTEA-2025_GIF-1206x176-.gif
avatar

ZUK.eus