Volver a volar

"A menudo, el ser humano cree haber alcanzado esa altura moral desde la que se decide qué es progreso y qué no, qué merece ser preservado y qué puede ser sacrificado"
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ZUK.eus

El ser humano ha aprendido a volar. No en el sentido literal de sus máquinas, sino en el más profundo: ha aprendido a organizarse en sociedades complejas, a ampliar sin cesar los límites de su conocimiento. A menudo, cree haber alcanzado esa altura moral desde la que se decide qué es progreso y qué no, qué merece ser preservado y qué puede ser sacrificado. Y, sin embargo, cada cierto tiempo, basta un aleteo para recordarle que la inteligencia —la verdadera— no siempre habita en quien presume de ella.

 

En esta nueva era, donde los grandes proyectos redibujan el mapa en nombre de la transición energética, resulta revelador que tales iniciativas no se frenen por el daño que infligen a las personas. Ni siquiera por la evidencia de que esta transición, maquillada de verde, reproduce los mismos mecanismos de concentración, desposesión y subordinación de siempre. Se detienen, a veces, no por el clamor humano, sino por la silenciosa persistencia de aquello que no tiene voz.

 

Se acepta, sin grandes conflictos morales, que el vuelo de una rapaz —de gran valor ecológico— sea motivo suficiente para reconsiderarlo todo. Pero no se otorga el mismo estatus a la mera existencia de comunidades humanas. Como si la especie que ha tejido civilizaciones durante milenios hubiera perdido la fuerza para defenderse a sí misma. Como si la lucidez se hubiera desplazado del pensamiento al instinto.

 

Es entonces cuando la figura del ave adquiere un papel que nunca pidió. No encarna la fragilidad, sino el umbral. Marca, sin proponérselo, el punto exacto donde el desarrollo debería detenerse. Donde la voluntad de intervenir tendría que ceder ante la humildad de no entender —ni poseer— todo.
Esa humildad, sin embargo, escasea en el mundo humano, donde el ruido ocupa el lugar del pensamiento. Un mundo saturado de debates en los que la urgencia de diferenciarse supera el impulso de construir en común, incluso entre quienes defienden lo compartido. En el campo de la contestación social, se multiplican plataformas, iniciativas, nombres. A veces por legítima diversidad. A veces por la inercia del yo. Y otras, por una lógica aprendida del adversario: ocupar espacio, conquistar visibilidad, definir el marco del relato, imponer una posición por encima del propósito.

 

En ese escenario, la política —la formal, la partidista— se aproxima, tantea, seduce. Y hay quienes responden, convencidos de que la interlocución puede ser estratégica, que poner un pie dentro no compromete el alma. Tal vez sea así. O tal vez no. Quizá instrumentalicen, o quizá sean instrumentalizados. O tal vez —más inquietante aún— ambas cosas a la vez.

 

Qué distinto al vuelo de una bandada, donde no hay protagonismos. Donde ningún pájaro reclama la autoría del trayecto. No se dispersan por matices ni compiten por liderazgos. Avanzan juntos, trazando una sola forma en el cielo: cambiante, pero coherente, guiada por una inteligencia que no reside en su individualidad, sino en el espacio compartido.

 

Resulta revelador que, en un momento en que lo humano podría ser su propio argumento, deba recurrirse a la alteridad para justificarse. Que necesitemos del nido ajeno para proteger la casa propia. Que la última frontera frente a la devastación no sea nuestra inteligencia colectiva, sino la traza invisible de un ser que jamás reclamó ese papel.

 

Y sin embargo, hay algo profundamente esperanzador en ello. Porque esa delegación involuntaria revela, por contraste, nuestra ausencia. Y con ella, una oportunidad: la de volver a habitar el centro, no como fuerza, sino como conciencia. No como especie dominante, sino como parte de un entramado que aún resiste. Tal vez aprendamos, con ello, que estamos todavía a tiempo de reconfigurar no solo el modelo, sino también la mirada.

 

Si llegase el día en que comprendiéramos —con la serenidad del vuelo y no con la arrogancia del trazo— que hay un límite que no puede ser negociado, ese día el ave dejará de ser argumento. Y nosotros, quizás entonces, volvamos a volar.

 

Arkaitz Samaniego. Activista y vecino de Zigoitia

 

FOTOGRAFÍA: Freepik

 

 

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