Cuando se habla de edadismo, casi siempre se piensa en las personas mayores. Sin embargo, existe otra forma de discriminación por edad mucho más normalizada y menos denunciada: el edadismo hacia los y las jóvenes. Una discriminación que se manifiesta especialmente en el acceso al empleo, en la falta de confianza y en la constante deslegitimación de nuestras capacidades solo por tener menos años de vida.
El ejemplo más claro está en el mercado laboral. Se exige “experiencia previa” para casi cualquier puesto, incluso para trabajos de entrada. La paradoja es evidente: ¿cómo se supone que un/a joven adquiera experiencia si nadie le da la primera oportunidad? Pedir tres, cinco o incluso más años de experiencia para un primer empleo no es una medida de calidad, es una barrera excluyente que condena a toda una generación a la precariedad y/o al desempleo.
Pero el problema va más allá del currículum. A los y las jóvenes se nos escucha menos, se nos toma menos en serio y se nos juzga con prejuicios constantes. “No sabes nada de la vida”, “ya lo entenderás cuando seas mayor”. Estas frases, repetidas casi como verdades universales, invalidan nuestras opiniones y reducen nuestro valor a la edad que marca el DNI, como si la inteligencia, la responsabilidad o la capacidad de aprendizaje llegaran automáticamente con los años.
Este discurso ignora una realidad evidente: los y las jóvenes también enfrentamos dificultades reales. Crisis económicas, empleos inestables, alquileres inalcanzables, presión académica y una incertidumbre constante sobre el futuro. No vivimos en una burbuja; vivimos en un mundo complejo que nos exige adaptarnos rápido y sin margen de error. Por lo que decir que “no sabemos de la vida” es una forma cómoda de no escucharnos.
Además, la juventud no es sinónimo de menor capacidad. Al contrario, suele traer consigo formación actualizada, manejo de nuevas tecnologías, creatividad y una gran capacidad de aprendizaje y adaptación. Lo que muchas veces falta no es talento, sino confianza por parte de quienes toman decisiones, porque negar oportunidades por edad no solo es injusto, también es ineficiente.
Combatir el edadismo hacia los y las jóvenes implica cambiar la mentalidad colectiva. Implica entender que la experiencia no aparece por arte de magia y que dar oportunidades no es un riesgo, sino una inversión. Escuchar a los y las jóvenes no significa quitar voz a otros/as, sino enriquecer el diálogo social con perspectivas nuevas.
Ser joven no debería ser un obstáculo; debería ser una etapa de crecimiento, aprendizaje y oportunidades. Mientras se siga confundiendo juventud con ignorancia y potencial con amenaza, seguiremos perdiendo talento, motivación y futuro. Y eso, al final, nos perjudica a todos y todas.
Deiane Vázquez Garcia. Trabajadora Social y escritora
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