La ciudad romana de Iruña-Veleia se dispone a entrar en un nueva etapa en su milenaria trayectoria, con la preparación de un nuevo plan director, y con esta excusa hemos gestionado una visita guiada al yacimiento con un cicerone de excepción, el jefe del Servicio de Museos y de Arqueología de la Diputación Foral de Álava, Javier Fernández Bordegarai.
Iruña-Veleia es pasado, es historia, evidentemente, pero también futuro. Superada ya definitivamente la traumática experiencia que en torno al yacimiento se ha vivido en épocas recientes, ahora el futuro pasa por crear una infraestructura de recepción de visitantes acorde con la relevancia patrimonial de este espacio y por seguir investigando. La confirmación de que esta ciudad albergó un circo da prueba de esa relevancia, y ahora toca hacer las gestiones para recuperar el terreno en el que se asentó este circuito de carreras y ponerlo en valor. Además, nos explica Fernández Bordegarai, se seguirá trabajando en el interior de la muralla, pero no excavando por excavar, sino yendo a lo concreto, a aquellas zonas en las que el georradar, tecnología que fotografía las capas del suelo como si fueran «lonchas de jamón», muestra potenciales zonas de interés.
Queda mucho por conocer de nuestra ciudad romana. En su época de esplendor superó las 120 hectáreas de superficie; si echamos mano de la tópica comparación de los campos de fútbol podemos hacernos una idea cómo pudo llegar a ser una urbe de la que, hasta la fecha, solo se ha excavado con intensidad en la muralla, dos casas o manzanas, el mercado y en un posible santuario. El responsable foral de Arqueología nos va a guiar por estos espacios, rodeados de praderas de margaritas y de agujeros de jabalíes y también de otros «jabalíes de dos patas», los cazadores de tesoros que acuden por las noches a apropiarse del patrimonio de todas y todos los alaveses. En las fotografías inferiores se puede apreciar uno de estos hoyos de factura humana.
La Historia de Iruña-Veleia
La colina rodeada por un meandro del Zadorra, el espolón de Arkiz, estuvo poblado desde finales de la Edad el Bronce, como poco, explica Fernández Bordegarai. Es en el siglo I antes de Cristo cuando ya hay presencia romana constatada, y se produce un fenómeno de aculturación. Los indígenas adoptan el modo de vida romano, y ya en el siglo I después de Cristo la ciudad está «plenamente integrada en el Imperio», aunque la población fuera autóctona. Se asimiló una nueva cultura; «cosa -apostilla Fernández- que hacemos todos los que llevamos pantalones vaqueros y un móvil chino en el bolsillo».
El contexto de aquella gran ciudad era el de un área de paso, la calzada Astorga-Burdeos, que favoreció en Álava el nacimiento de otras poblaciones de menor entidad, como Suestatium (Arkaia) o Alegría-Dulantzi.
En el siglo IV el Imperio estaba ya en franco declive, y en Iruña-Veleia deciden construir una muralla para crear un espacio seguro, un oppidum, de once hectáreas fortificadas. Todavía era la de nuestra ciudad romana una sociedad estructurada, capaz de acometer una obra de esa envergadura, pero ya en el siglo VI el espolón está «medio abandonado». En la Alta Edad Media hay pequeñas aldeas en la zona y una encomienda de la Orden de San Juan, al solar de los Iruña, «y a partir de ahí Iruña-Veleia desaparece, se nos queda el topónimo de Iruña, la ciudad, y se diluye en la Historia hasta que en el siglo XVI surgen las primeras referencias de los investigadores». Dos siglos más tarde se empieza a excavar e Iruña-Veleia se convierte en el gran yacimiento de referencia de época romana en Euskadi.
La estructura de la ciudad
El urbanismo romano es «muy cuadriculado, muy ortogonal», señala Fernández Bordegarai, pero la orografía de la zona no, así que en Iruña-Veleia hubo que adaptarse al terreno. Eso sí, se hizo «una racionalización del espacio, con terrazas que se ocupan con edificios que lindan unos con otros».
El día a día de los habitantes de Iruña-Veleia
«Todavía hemos excavado muy poquito, pero ya vamos teniendo ciertas cosas», señala el jefe de Arqueología de la Diputación cuando le preguntamos por las pistas que nos ha dejado el yacimiento sobre la vida diaria de sus habitantes. Había casas de estilo latino, con patios centrales, cisternas para recoger el agua y mosaicos, y otras más modestas, «pero lo más interesante de los últimos años» ha sido la excavación desde 2010 del mercado público, el macellum. «Eran como nuestras plazas de abastos, pero no se trataba solo de vender y comprar alimentos, había una serie de rituales alrededor», explica Fernández, quien añade que también había medidas de control de pesos o precios tasados y garantías de suministro. En las excavaciones han aparecido restos de 26 especies de peces, 23 de ellas marinas; por ejemplo, «lo que nos da una imagen muy concreta de la época, nos acerca mucho a lo que somos hoy en día. Había gallinas, huevos, codornices, palomas, ovejas, cabras y terneras, es una imagen muy específica de su vida cotidiana».
La muralla
Son 1.800 metros de longitud, una anchura de muros que supera los cinco metros y en algunos tramos todavía hoy se alcanzan los ocho metros de altura. Su construcción implicaba importantes cambios sociales. La ciudad se replegaba y adoptaba una actitud de alerta permanente, y parte de la trama urbana, la que circundaba la muralla, desapareció para crear un área de seguridad en torno a la fortificación. «Aquello tuvo que impactar muchísimo en la vida de los ciudadanos», señala Fernández Bordegarai.
El circo
En 2022 comenzó un proceso de investigación no invasiva fuera de las murallas, sin excavar, que permitió detectar un área totalmente urbanizada. «Vimos una cosa muy alargada con una aparte semicircular que solo podía ser un circo», explica el responsable foral. El año pasado se hicieron unas catas y a medio metro de profundidad aparecieron los muros de de esta infraestructura, «sobre la que seguramente se levantaron graderíos de madera». No son restos espectaculares, pero sí muy interesantes desde el punto de vista historiográfico porque «sitúan a Veleia en la Primera División de las ciudades romanas de Hispania», y sugieren que pueda haber más estructuras monumentales. «Iruña-Veleia no defrauda, siempre salen cosas muy interesantes. Puede darnos cualquier tipo de sorpresa; aquí hay excavaciones para muchos años», afirma Fernández.
Los planes de futuro
Desde 2002 el Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco y el de Cultura y Deporte de la Diputación alavesa colaboran en un proyecto común para revitalizar el yacimiento. «Tras los sucesos de los grafitos falsos de los años 2000 y los trabajos de EHU en la zona del macellum decidimos que era un buen momento para, sin empezar a excavar, investigar, consolidar las ruinas que ya teníamos excavadas -una discreta malla separa, como se aprecia en las fotografías, lo nuevo y lo viejo – y a planificar un futuro nuevo». Los rastreos con georradar que han aflorado el circo son parte de ese trabajo, así como la consolidación de parte de la muralla, y ahora toca mejorar las instalaciones de atención a los visitantes. «No pretendemos hacer un museo ni mucho menos, pero la gente que venga a visitarnos podrá recibir una atención mínima», explica el jefe del Servicio de Arqueología.
Se redactará además el plan director que permitirá excavar en aquellas zonas que el georradar ha detectado como más interesantes. «Tenemos que establecer unos objetivos claros, y para eso es necesario que la financiación se mantenga y se establezcan planteamientos estables y duraderos en el tiempo «, concluye.
FOTOGRAFÍA: Txus Díez



