“Uy, a mí no me vas a hacer fotos”. Teresa ha entrado en la capilla de la iglesia de Contrasta, en el Valle de Arana, como viene haciendo desde hace más de cincuenta años cada vez que hay misa, y se ha encontrado de sopetón con un periodista armado con una cámara, una hoja de cuaderno arrugada y un boli BIC.
Carlos Mendo, hasta no hace mucho el cura más joven de Álava y en la actualidad responsable de nueve parroquias de la Montaña, les ha preparado una pequeña encerrona a sus feligreses. Queríamos conocer cómo son las misas en las iglesias de la Álava rural, el Obispado atendió nuestra petición, le encargó a Carlos la tarea, o el marrón, y el sacerdote decidió que era mejor no avisar de nuestra visita para que la cosa saliera lo más espontánea posible. Así que aquí estamos, con Carlos, Isabel y Teresa, las dos mujeres que desde los quince años se encargan de la intendencia en la iglesia de Contrasta. “También hacemos el consultorio médico. Ahora estamos ocho, abrimos el consultorio, un día a la semana para una enfermera y otro día para el médico”, explica Teresa. “Así nos tenemos que arreglar en los pueblos”, dice Isabel.
Las visitas de la Virgen de Estíbaliz
“¿Tú te acuerdas de cuando venía la Virgen de Estíbaliz? Cuando se marchaba yo lloraba y todo”, le dice Teresa a su amiga. Hablan de una tradición que hoy pervive, la de guardar un año en cada pueblo del valle a la patrona de Álava. “Se la llevaban a la muga del otro pueblo, y ahora seguimos la tradición, pero la llevan en coche, el año pasado estaba aquí y este año está en Ullíbarri”, aclara Isabel.

Isabel y Teresa.
Eran tiempos aquellos en los que Contrasta estaba lleno de niños, como recuerda Teresa. “Yo tengo una foto de la escuela de una vez que hicimos alguna comedia o no sé qué y no sé si estamos 24 niños”.
«Tengo una foto de la escuela de una vez que hicimos alguna comedia o no sé qué y estábamos 24 niños”
Ahora ya casi no hay niños, y los jóvenes se marchan “a trabajar fuera”, pero la gente mayor sigue con su vida aquí, y una parte fundamental de esa vida es asistir a misa, aunque ya solo sea una vez al mes. “Nos han enseñado desde pequeñas esto y ya está, yo no vengo por obligación, vengo por devoción”, afirma Isabel, que dice sentir “mucha empatía con Carlos. Los curas que hemos tenido -afirma- han sido todos majos, nos han ayudado cuando nos ha hecho falta”.
Paz contagiosa
Poco a poco va llegando la gente hasta completar la decena de personas que hoy escucharán un sermón sobre la paz, pero no solo la paz en “Gaza o Ucrania”, sino la paz dentro de cada persona, que se contagia a los demás, y que nos facilita el tránsito por este valle de lágrimas, aunque hoy, un luminoso sábado de mayo, parece haber más optimismo que tribulaciones en la capilla de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, resguardada del frío aún presente con un cortinón rojo. Cuando llegue el verano y el calor penetre en el templo las misas regresarán al altar mayor.

Las mujeres delante, los hombres detrás
Las mujeres, repartidas por la zona delantera de la capilla; y los hombres, apretados en los dos últimos bancos, aplican las enseñanzas de Carlos. Tras una misa en la que no ha sonado ni un solo móvil, se dan la paz con una sonrisa en los ojos y alguna que otra broma, como vienen haciendo desde que eran niños, y salen a la luz a, finalmente, dejarse hacer fotos. Son diez, sí, pero habida cuenta de que en Contrasta rondan el medio centenar de habitantes, la proporción es bastante notable, nos hacen saber.

“En el valle han tenido mucha suerte con los curas que han tenido, eran gente joven y maja. Cuando vine yo hace trece años lo llevaron un poco mal porque tenían un cura para el valle y un cura para Campezo, y yo vine a sustituir a dos. Aquí tenían misa todos los fines de semana y al principio no les gustó nada que fuera solo una vez al mes”, explica Carlos. “Son nueve iglesias para una persona, lo tengo que hacer a cachitos”, señala el sacerdote.
Todo el día en la carretera
La prueba del esfuerzo que supone atender a los feligreses de Contrasta, Ullíbarri-Arana, Alda, San Vicente de Arana, Santa Cruz de Campezo, Antoñana, Orbiso, Bujanda y Oteo está en el cuentakilómetros de su coche. “Con una pandemia de por medio quité el anterior con 240.000 kilómetros hechos en siete años, un Peugeot 3008, le hice una media de 30.000 o 40.000 kilómetros al año, y todo en trayectos muy cortos. Yo no hago misa todos los días, pero el uno que se pone malo, el otro que no sé qué… Yo sin coche no podría hacer nada”, nos explica.
“Con una pandemia de por medio quité el anterior coche con 240.000 kilómetros hechos en siete años”
Y al coche que nos vamos. A las ocho y media de la tarde toca misa en Santa Cruz y no siempre es fácil aparcar en la capital de la Montaña, así que hay que apurar, por si acaso. Allí tiene Carlos su campo base, la casa cural que es vivienda, despacho, espacio de catequesis e iglesia en la temporada de invierno.

El archivo parroquial
Como al final hemos llegado con tiempo, Carlos nos enseña “el archivo parroquial de todos los pueblos del Valle de Arana y del Ayuntamiento de Campezo”, todo un tesoro documental protegido dentro de un armario de la línea Hemnes de Ikea. “Son los libros de defunción, de bautismo, de matrimonio, de confirmaciones y también libros de fábrica, que son los libros de cuentas de las diferentes parroquias”, explica el cura. En los lomos de estos libros aparecen fechas tan pretéritas como la de los matrimonios celebrados en Oteo en 1827.


‘A gustico’
En Santa Cruz, como cabecera de la comarca, hay misa todos los días del año “menos los lunes”, y también aquí, en invierno, se busca un espacio recogido. “Tenemos calefacción y estamos a gustico”, explica Carlos mientras va recibiendo a las feligresas, hoy todas mujeres. “Como es el primer día que hace un tiempo un poco decente”, señala, la asistencia se ha resentido. Además, apunta, al celebrar sábados y domingos la imagen real de la comunidad queda un poco desdibujada. “Más o menos hay un grupo todos los días del año de 8, 10 o 12 personas. Los sábados más o menos son de 15 a 20 y luego los domingos baja a una docena. De 800 habitantes, 40 o 50, pues oye, no está mal”, afirma.


Celia, que nació en la cercana Zúñiga, en Navarra, recuerda que la primera comunión se la dio “don Florentino de Arbeizar. He conocido muchos sacerdotes aquí en Campezo y en Zúñiga -dice-, y todos muy majos”. El cura de ahora también «es majo», pero, lamenta Celia, lo que va fallando es la clientela. “Mis nietos han hecho la comunión y la confirmación, pero ahora los jóvenes van menos a misa, ya a muchos ni los bautizan. Cómo está cambiando todo… Qué pena, ¿verdad? Se está perdiendo todo, chico”, se queja.
«Mis nietos han hecho la comunión y la confirmación, pero ahora los jóvenes van menos a misa, ya a muchos ni los bautizan»

Begoña, que nació en Bernedo pero se fue a Santa Cruz a casarse con 21 años, y aquí sigue a los 88 para 89, asiente. “Ahora ha cambiado todo, ahora si ves una chica o un chico joven por aquí es de pura casualidad, de no ser funerales o comuniones. A mi el cambio en Santa Cruz me ha chocado mucho”, dice. Eso sí, cree que “la Iglesia ha tenido siempre estos baches y luego volveremos a lo otro, así que vamos a tener esperanza, ¿no?”.

“La Iglesia ha tenido siempre estos baches y luego volveremos a lo otro, así que vamos a tener esperanza, ¿no?”
Estrecha relación con Navarra
Junto a Celia y Begoña, María Jesús, Tere, Lauri, Merche y Maite charlan antes de que empiece la misa. «Delante suyo no vamos a decir nada malo del cura», bromean las mujeres cuando se les pregunta por Carlos, y al poco, como en Contrasta, empiezan a hablar entre ellas y salen recuerdos y experiencias, y se habla de la estrecha relación que mantienen con los pueblos de la cercana Navarra. De hecho no solo hay feligresas de Zúñiga, también de Marañón, aunque lleven ya 50 años en Santa Cruz, y los niños del otro lado de la muga iban y van juntos a la escuela en la capital de Campezo.
Y así hablando llega la hora de empezar la celebración, así que dejamos a las vecinas de Santa Cruz y quedamos con Carlos al día siguiente, domingo, frente a la iglesia de Antoñana.
El buen tiempo y el fin de semana
A Antoñana, donde se celebra misa todos los domingos a las once menos cuarto, acuden más o menos una docena de personas, nos explica Carlos. Aquí también es «un tanto por ciento elevado» de los habitantes del pueblo, «la mayor parte gente de aquí y luego algunas personas que vienen de fin de semana. Ahora se va a notar con el buen tiempo que vienen más los domingos», explica el sacerdote.


Pili, Agustina, Tere y Bibi.
96 años y medio
La primera en aparecer en el espectacular templo de Antoñana es Bibi, «la más veterana», dice Carlos, que con «96 años y medio» no falla un domingo. «A mi me gusta venir y he venido toda la vida, si falto es que no estoy bien», dice, pero eso sí, se sienta en la parte de atrás, donde los hombres, porque los bancos son más firmes y ella se siente más segura. «Estoy más alta, y me agarro bien para levantarme. Los otros bancos pesan menos, ahí paso apuros y para pasar apuros prefiero estar aquí, no me importa estar sola», afirma.
Le sugieren que quizá pudiera quedarse sentada toda la misa y ya está, pero Bibi, que también nació en Marañón, Comunidad Foral de Navarra, no es de cambiar de opinión así como así. «Si hay que levantarse hay que levantarse, yo no puedo estar sentada toda la misa», protesta.
Van llegando Tere, Pili y Agustina, otra navarra, de Genevilla, que lleva 52 años viviendo en Antoñana.
De vereda en la iglesia
Carlos explica que todas estas feligresas fijas «se organizan para limpiar» la iglesia cada semana, y ya una vez al año se suma gente más joven para hacer un repaso general al templo, a modo de vereda. «De misa no son, pero el día que hay que hacer se les llama y vienen. El caso es que antes venían todos a misa; había dos misas y estaban llenas, la de la seis de la mañana, la de los labradores y los cazadores; y a las doce la otra, y a la tarde el Rosario», recuerda Tere.
«Antes había dos misas y estaban llenas, la de la seis de la mañana, la de los labradores y los cazadores; y a las doce la otra, y a la tarde el Rosario»
Carlos explica que el hecho de haber tenido cura propio hasta los años noventa del pasado siglo favoreció que en Antoñana hubiera una mayor asistencia a la iglesia. «Luego ya el cura de aquí tenía también Bujanda, luego ya vino otro cura que decía misa el sábado a la noche y el domingo, y ahora una misa los domingos y bastante», explica Pili. «Y son unos privilegiados», apunta Carlos.
«Porque Antoñana es villa», replica Pili, orgullosa de su pueblo.
FOTOGRAFÍA: Txus Díez



