Emakunde ha presentado ese martes el estudio Mujeres mayores que viven solas en la Comunidad Autónoma de Euskadi: ¿permiso social concedido?, una investigación coordinada por la socióloga y gerontóloga Iratxe Herrero junto al politólogo Carlos Díaz de Argandoña. El informe, además desvelar que tres de cada diez personas que viven solas en Euskadi son mujeres mayores de 65 años, o de concluir que los estereotipos que relacionan necesariamente esta circunstancia con la tristeza o una vida no plena no se ajustan a la realidad, establece una diferencia significativa en este grupo de población: el de las mujeres mayores que viven solas en las ciudades y las que residen en los pueblos, y en estas últimas nos vamos a centrar.
Más cercanía, pero…
Las mujeres mayores en el medio rural de Euskadi destacan en el estudio que su autonomía personal, que han tenido que adoptar desde muy jóvenes; y la red comunitaria informal de la que disfrutan en los pueblos, hacen que vivir sola no tenga por qué ser lo mismo que vivir en soledad. Señala el estudio que en el entorno rural estas mujeres tienen «una mayor sensación de compañía aunque no puedan acceder a tantos recursos como en el medio urbano. Asimismo, esta mayor facilidad para disponer de esta red social también contribuye a generar una mayor sensación de seguridad ante cualquier situación en que puedan requerir ayuda». Los testimonios en primera persona que recoge la investigación así lo corroboran. «Aquí en el pueblo estamos acompañadas, con las vecinas, con las amigas… aunque no hagas actividades organizadas en un centro estás con gente. Sales y la gente te conoce, hablas, estás un rato aquí, otro rato allí», relatan.
«Aquí en el pueblo estamos acompañadas, con las vecinas, con las amigas… aunque no hagas actividades organizadas en un centro estás con gente»
También más control social
La cara B de esta mayor cercanía con vecinas y vecinos, explica el informe, es que «también supone un mayor control social sobre estas mujeres, especialmente cuando su estilo de vida no se adapta a los modelos normativos de hogar vigentes en la sociedad; lo que, en ciertos casos, puede condicionar su experiencia de vivir solas. Se observa que, en el medio rural, este control es más intenso que en las zonas urbanas, especialmente sobre las mujeres que viven solas en comparación con los hombres en esta misma situación».
«En los pueblos pequeños, todavía, si eres mujer y no llevas el duelo o no vives como la sociedad considera, está muy mal mirado, sobre todo, si somos mujeres mayores, pero en el hombre mayor que vive solo o ha enviudado es diferente, puede ir al bar, a una reunión, a una fiesta… y no pasa nada», señala una de las mujeres sondeadas por Herrero y Díaz de Argandoña.
«El hombre mayor que vive solo o ha enviudado es diferente, puede ir al bar, a una reunión, a una fiesta… y no pasa nada»
En todo caso, tanto en el caso de las mujeres mayores de las ciudades como en el de las de las zonas rurales su libertad queda supeditada a ese permiso social, aunque en los pueblos esté más presente. Por otro lado, aun con estos obstáculos sociales, se constata a lo largo de la investigación que vivir sola es una oportunidad para el crecimiento personal y la contribución social, y de hecho la mayoría de las protagonistas sondeadas valoraran esta experiencia vital de forma positiva.
El estudio, resultado de la beca que concede Emakunde a trabajos de investigación en Igualdad de Mujeres y Hombres, busca conocer qué aspectos socioculturales pueden condicionar negativamente el modo en que las mujeres mayores que viven solas afrontan esta experiencia, para establecer las medidas oportunas que reduzcan su vulnerabilidad y garantizar su calidad de vida.
FOTOGRAFÍA: Irekia



