El trabajo social en Euskadi: una profesión imprescindible, pero invisibilizada

"Es una profesión universitaria, una disciplina científica con un cuerpo teórico propio, con métodos de intervención rigurosos y una actualización constante ante realidades sociales cambiantes y complejas"
El trabajo social en Euskadi, una profesión clave para el bienestar social
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En Euskadi solemos presumir, con razón, de un sistema de bienestar sólido, de servicios públicos avanzados y de una fuerte tradición comunitaria. Sin embargo, detrás de ese entramado que sostiene a las personas y a la comunidad hay una profesión clave que sigue sin recibir el reconocimiento social, político y económico que merece: el Trabajo Social. Los y las trabajadoras sociales somos, en muchos casos, la primera puerta a la que llaman quienes atraviesan situaciones de pobreza, violencia, dependencia, soledad no deseada o exclusión. Somos quienes miramos y traducimos los derechos sociales en realidades concretas, quienes acompasamos procesos vitales complejos y quienes sostenemos, con recursos limitados, una red que evita que muchas personas caigan en el abandono.

 

A pesar de ello, nuestra labor continúa siendo poco visible y, con frecuencia, infravalorada. Considero que una de las razones de este limitado reconocimiento reside en la idea, todavía muy extendida, de que el trabajo social es una actividad meramente asistencial, más vinculada a la buena intención que al saber especializado, y esta percepción dista mucho de la realidad. El trabajo social es una profesión universitaria, una disciplina científica con un cuerpo teórico propio, con métodos de intervención rigurosos y una actualización constante ante realidades sociales cambiantes y complejas. Reducirla a “ayuda” es ignorar su dimensión profesional, ética y política.

 

En Euskadi, además, el trabajo social se enfrenta a una paradoja evidente. Mientras las necesidades sociales se diversifican —envejecimiento de la población, aumento de los problemas de salud mental, precariedad laboral, soledad no deseada—, las condiciones laborales de muchos y muchas profesionales no mejoran. Sobrecarga de casos, ratios imposibles, burocratización excesiva y contratos precarios son una constante, incluso en un territorio que presume de invertir en políticas sociales. Esta falta de reconocimiento no solo afecta a quienes ejercemos la profesión, sino al conjunto de la ciudadanía, ya que cuando el trabajo social se debilita, se resiente la calidad de la atención, se cronifican los problemas y se pierde la perspectiva preventiva y comunitaria. El trabajo social no es solo intervención en la urgencia; es también planificación, mediación, acompañamiento y fortalecimiento del tejido social.

 

Esta invisibilización se hace especialmente evidente en ámbitos clave como la atención primaria o el sistema educativo, donde la ausencia de trabajadores y trabajadoras sociales no es casual, sino consecuencia directa de una visión reduccionista de lo social. En el ámbito sanitario, se ha priorizado históricamente un modelo biomédico que deja en segundo plano los determinantes sociales de la salud, como la pobreza, la soledad, la vivienda o las redes de apoyo, a pesar de que estos factores condicionan de manera decisiva el bienestar y la enfermedad. Por su parte, en educación, se ha tendido a abordar las dificultades del alumnado desde una perspectiva exclusivamente pedagógica o psicológica, obviando el contexto familiar, social y comunitario en el que se producen muchas situaciones de absentismo, fracaso escolar, malestar emocional o violencia. La falta de trabajadores y trabajadoras sociales en estos espacios no responde únicamente a una falta de necesidad, sino a decisiones políticas y organizativas que relegan la prevención y la intervención social temprana, optando por actuar solo cuando los problemas ya se han agravado.

 

Reconocer el trabajo social implica, en parte, cuestionar ese modelo que sigue relegando a un segundo plano las profesiones que sostienen la vida cotidiana. Es necesario que las instituciones vascas pasen del discurso a los hechos. Reconocer el trabajo social implica dotarlo de recursos suficientes, mejorar las condiciones laborales, escuchar a los y las profesionales en el diseño de políticas públicas y visibilizar su aportación en el debate social. Pero también es una tarea colectiva: como sociedad, debemos dejar de ver el trabajo social solo cuando falla el sistema y empezar a valorarlo como uno de sus pilares fundamentales. En un contexto de incertidumbre y desigualdad creciente, el trabajo social no es un lujo ni un complemento, sino una necesidad. Euskadi no puede permitirse seguir ignorando a quienes, día tras día, trabajan para que nadie quede atrás. Reconocer el trabajo social es, en última instancia, reconocernos como una sociedad que se toma en serio la justicia social y los derechos humanos.

 

Deiane Vázquez García. Trabajadora social y escritora

 

FOTOGRAFÍA: Freepik

 

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