Un filete por persona y año

"El tratado UE-Mercosur se vende con argumentos sólidos y razonables, pero cuando dos partes llegan a un acuerdo es porque ambas obtienen algo a cambio de algo"
Ganadería europea y comercio internacional en el contexto del tratado UE-Mercosur
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Un filete por persona y año. Eso es lo que dijo el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, que va a entrar a Europa desde Latinoamérica cuando entre en vigor el tratado de la UE con Mercosur, en un coloquio con estudiantes de la Universidade de Santiago en el que trataba de hacer ver que, en su conjunto, el acuerdo va ser muy bueno para todo el mundo, y que el agro europeo es lo suficientemente competitivo como para meter también nuestros productos en Sudamérica. Puede ser.

 

Y es verdad además que, en estos tiempos que corren, con un psicópata narcisista y autárquico al frente del país más poderoso del mundo, es preciso que en los demás vayamos tejiendo nuevas alianzas y complicidades para que la gente pueda seguir levantando la persiana cada mañana sin tener que estar pendiente del humor, el capricho o las ventoleras de este hombre. Cierto todo ello.

 

Cierto es también que, si nos vamos a ahorrar 4.000 millones de euros en aranceles, el conjunto de la economía de la UE se verá beneficiado, y además los paraguayos podrán probar el fantástico aceite de Lanciego sin pagar una fortuna y en Buenos Aires comprarán botellas de crianza de Villabuena al precio del malbec de Mendoza. Aceptamos el argumento.

 

Pero, ¿ya va a poder competir el sector Primario en igualdad de condiciones, aquí, con productos que después de un viaje de 10.000 kilómetros y una buena emisión de gases de efecto invernadero deja más margen de beneficio que los suyos? Sobre la agricultura y la ganadería europeas pesa desde siempre el estigma de las subvenciones, de la falta de rentabilidad de las explotaciones, pero si cuesta mucho más producir un tomate en Europa que en Marruecos es por las exigencias que la propia administración de la UE impone al campo. Y no es que la solución sea dopar a las vacas o echar cualquier cosa en las fincas, sino más bien que quien no cumpla con esos estándares sanitarios, ambientales o de derechos laborales no pueda acceder al mercado europeo. ¿Va a ser así? Hay quien dice que más o menos sí, y hay quien duda de que se pueda llegar a ese nivel de trazabilidad con tanto mar de por medio. Bueno, vamos a dar un voto de confianza a nuestras autoridades.

 

Pero, ¿y la soberanía alimentaria? Por desgracia vivimos en tiempos en los que cada vez parece más recomendable que todo el mundo tenga un pozo, una huerta y un cerdo en la cuadra, y luego ya, si es caso, podremos cambiar los chorizos y las berzas que nos sobren por AirPods o por lo que sea. Llevamos años hablando de esto, pero nadie parece dar pasos reales para avanzar en la materia y las políticas agroganaderas en la UE, desde luego, no van en esa dirección. Sacamos el dinero del campo para dárselo a la industria militar cuando el agua y la harina son armas de guerra tan mortíferas o más que las balas y los drones. Abrimos brechas en el agro para salvar a un sector automovilístico europeo que tenía que haber espabilado como poco hace diez años, sin pensar en que las correas de Stellantis, aunque vengan bañadas en aceite, no se comen.

 

No es este un tema fácil. El tratado UE-Mercosur se vende con argumentos sólidos y razonables, que apelan al bolsillo de la gente y no a sus tripas, como está ahora tan de moda, pero cuando dos partes llegan a un acuerdo es porque ambas obtienen algo a cambio de algo, y en este pacto la moneda que ofrecemos a este lado del océano es el sector Primario. Eso no lo puede negar nadie, y si de hecho se van a instaurar mecanismos para controlar cuántos filetes entran en Europa por persona y año es porque ese es el punto débil, la concesión, que nos ha tocado hacer desde aquí.

 

Txus Díez. Periodista

 

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