«Si dejamos de autogestionarnos dejaremos de existir»

Edurne, de Gorbeialdea; y Elvira, de Lautada, llaman a participar en las elecciones a concejos del día 23, pero sobre todo piden que la gente se implique con sus pueblos
Entrevista sobre la vida comunitaria en los concejos alaveses
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Txus Díez

Periodista y fotógrafo. Fundador de ZUK

16 de noviembre de 2025 a las 07:00

Habíamos quedado para otra cosa, pero habida cuenta de que el próximo domingo se celebran las elecciones a concejos, Edurne Ibarrola y Elvira Resano, vecinas de Amézaga de Zuia y Zuazo de San Millán, respectivamente, nos brindaban la ocasión de conocer de primera mano qué implica vivir en un pueblo, cuáles son los derechos y obligaciones de sus vecinas y vecinos, y cómo han cambiado las cosas en nuestras entidades locales de un tiempo a esta parte. Había que aprovecharla.

 

Edurne y Elvira representan a la Red de Mujeres del Medio Rural de Álava, y de su trabajo para visibilizar de una vez por todas a la mitad de la población de nuestros pueblos hablaremos otro día, porque hoy toca lanzar un alegato en defensa de la vida comunitaria y los usos y costumbres del medio rural de Araba.

 

El gobierno democrático y autogestionado de los concejos alaveses hunde sus raíces en la Edad Media, es anterior a la creación de los ayuntamientos y ha sobrevivido a diversas operaciones de centralización administrativa hasta gozar en las últimas décadas de un nuevo vigor gracias a la repoblación de los núcleos, a su incorporación al moderno marco legal foral y a la creación de entidades como la Asociación de Concejos de Alava, ACOA; o la Asociación de Concejos de Vitoria, ACOVI.

 

Sin embargo, los pueblos alaveses no son ajenos a las nuevas realidades sociales y, poco a poco, advierten Edurne y Elvira, esa vida comunitaria secular se va desdibujando cada vez más.

 

La vereda

«Nuestros pueblos han crecido, pero las nuevas personas moradoras muchas veces no tienen conocimiento de lo que es un pueblo, lo que implica… El sentido de pertenencia se adquiere con el tiempo, pero esas personas tienen que hacer el ejercicio de acercarse a los vecinos y vecinas, conocerse y participar», explica Elvira.

 

«La realidad es que las personas no participan, y es una pena», señala Edurne, quien explica que no solo son algunas familias jóvenes que vienen de la ciudad las que deciden hacer una vida al margen del pueblo, en ocasiones las vecinas y vecinos de siempre son los que no se implican en la vida comunitaria, que tiene su máxima expresión en las veredas. «En la vereda, para mí es más importante el almuerzo después de pintar el banco, que el banco que se está pintando. Hay que hacer pueblo, y el pueblo se hace en la convivencia», subraya la mujer, convencida de que «las cosas ya no son como antes».

 

«Es más importante el almuerzo después de pintar el banco, que el banco que se está pintando. Hay que hacer pueblo, y el pueblo se hace en la convivencia»

EDURNE

 

Los centros sociales

Elvira llama la atención, en ese sentido, sobre un hecho que se está produciendo en algunos pueblos; el intento de convertir los centros sociales, los parlamentos rurales, en sociedades. «Un centro social está hecho con dinero público, a través de las ayudas de veredas, relaciones vecinales o las ayudas de obras menores. Son fondos públicos para que ese espacio siga siendo un espacio comunitario, un espacio de reunión, un espacio de convivencia, de compartir», explica. «Y -añade- es un espacio que tenemos que cuidar entre todos y todas. Podemos solicitar ayudas económicas para hacerlo, pero nosotros y nosotras tenemos que dar el callo y trabajar para pintarlo, para arreglarlo, para reconstruirlo. Si lo convertimos en sociedades el concepto de espacio comunitario desaparece, se convierte en algo privado».

 

El concejo abierto

Cada morador o moradora, por el hecho de serlo, tiene el derecho legal de asistir al concejo abierto, a esos parlamentos, para proponer, opinar, rebatir y votar. También, explican Edurne y Elvira, una especie de deber moral de asistir a estas reuniones. «La única forma de hacer el pueblo que queremos es participando, exponiendo y trabajando», explica Edurne, aunque sea para llevar la contraria, porque también tiene que haber quien «diga que no está de acuerdo con lo que se propone y le ponga el cascabel al gato», añade Elvira.

 

La alternancia en el cargo

En los pueblos alaveses se dan dos circunstancias contrarias y a la vez complementarias. Muchas personas no quieren concurrir a las elecciones a concejo (55 concejos han recibido candidaturas para el día 23, en 278 no han presentado ninguna) porque, ciertamente, es un marrón, pero eso hace que otras personas se perpetúen en el cargo. «Caciques», los llama Elvira, que apuesta por «dejar paso. Yo he sido presidenta de la junta administrativa de mi pueblo, Zuazo de San Millán, cuatro años -dice-, y para mí es muy importante que haya un relevo, que cada cuatro años entren personas nuevas, aunque luego de aquí a ocho te toque otra vez, y que todos y todas pasemos por esos puestos de presidente, secretario o vocal». Admite que hoy día, para asumir esas responsabilidades, «tienes que tener unos conocimientos», pero recuerda que «entre todos podemos ayudar a esa persona que ha sido elegida».

 

«Es muy importante que haya un relevo, que cada cuatro años entren personas nuevas, aunque luego de aquí a ocho te toque otra vez»

 

ELVIRA

 

La cuestión, señala, es que «todos tenemos que aprender cómo funciona el pueblo y cuáles son las dificultades de este trabajo voluntario, altruista, de trabajar por el bien común».

 

Moradores que no moran

Otra cuestión espinosa. «Yo no me puedo empadronar en un pueblo y vivir en Vitoria, porque entonces no pertenezco a ese pueblo. Si te empadronas tienes que vivir también en el pueblo, implicarte y contribuir al día a día, a la convivencia y al cuidado del pueblo», señala Elvira con respecto a un fenómeno que no es nuevo pero que en algunos pueblos va a más.

 

Las dos mujeres recuerdan cómo hace años los niños conocían a los habitantes de todas las casas, había trato y convivencia, y eso a su vez genera una sensación de cuidado mutuo, de refugio, que si no se habita el pueblo, o si solo se va a dormir, desaparece. Se trata de que la gente comprenda «qué sentido tiene el vivir en un pueblo, y  transmitirlo a sus hijos e hijas», explica Elvira.

 

La Norma Foral de Concejos

Es de 1995, está obsoleta y en pleno de proceso de revisión, pero es la ley vigente y es preciso por tanto conocerla y cumplirla, subraya Elvira, tan sensibilizada con este tema que nos pide un enlace a la norma para que todo el mundo le pueda echar un ojo y sepa cómo se rige su pueblo. «Todo el mundo debería conocer desde el primer momento qué es un concejo, que es una junta administrativa, qué derechos y obligaciones conlleva», afirma.

 

Seguir existiendo

Todas estas demandas y cuestiones, aseguran Edurne y Elvira, tienen un único objetivo. «Que sigamos existiendo. Hay pueblos que desgraciadamente como entidad local están desapareciendo (Arriaga, Guinea), y si eso se sigue produciendo, si dejamos de autogestionarnos y dejamos que lo haga un Ayuntamiento, al final el pueblo como tal va a dejar de existir», afirma Elvira.

 

Al fin y al cabo, lo meramente administrativo es el soporte, el blindaje, de algo más profundo. «Es algo muy bonito que en el pueblo estemos unidos, que participemos. Igual mucha gente no lo hace porque no saben lo enriquecedor que es, si lo prueban puede que acaben pensando ¿cómo me he estado perdiendo esto?«, concluye Edurne.

 

FOTOGRAFÍA: Txus Díez

 

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Txus Díez

Periodista y fotógrafo. Fundador de ZUK

16 de noviembre de 2025 a las 07:00