Mil años de riqueza lingüística en Álava

La Reja de San Millán muestra un territorio donde el euskera y el romance castellano se desarrollaron juntos, una convivencia que ha llegado a nuestros días
La Reja de San Millán y el bilingüismo en Álava
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Txus Díez

Periodista y fotógrafo. Fundador de ZUK

9 de noviembre de 2025 a las 09:17

Quedan ya unas pocas semanas para que acabe el aniversario que nos ha tocado vivir en este 2025, año que transcurre justo mil después de la confección del listado de los nombres de los pueblos de la Álava central. La Reja de San Millán, aquella relación de las aldeas que en muchos casos todavía hoy perviven en el territorio, y que luego se copió en el Becerro Galicano, ha dado bastante de qué hablar en estos meses.

 

Se ha hablado sobre las pistas que esas páginas manuscritas dan a la Historia, la Arqueología y la Filología para conocer cómo fue la Álava altomedieval; cómo y de qué vivían sus habitantes; y de forma muy especial cómo era el euskera que hablaban. No hay ningún otro documento tan pretérito que diga tanto sobre la lengua vasca en Álava y en toda Euskal Herria.

 

Un hecho desapercibido

A lo largo del mes de octubre se ha celebrado en Gasteiz un ciclo de conferencias que ha profundizado, de la mano de los más reputados expertos, en todas estas cuestiones, pero entre todas ellas se ha quedado una en el cajón, un hecho de relevancia más que singular, y que ha pasado desapercibido. La Reja de San Millán no solo refleja que Álava era la vanguardia del euskera hacia el occidente de Vasconia, también es uno de los testimonios más ricos y antiguos que existen sobre el castellano, idioma que si no nació, sí al menos dio sus primeros pasos y balbuceos en tierras hoy alavesas.

 

Dos idiomas que crecieron juntos

Por esto echa de menos el filólogo Joseba Abaitua (en la imagen, en la frontera lingüística de la Arraya de Navarra, entre Korres y Bujanda), con quien ZUK ha contactado para tratar esa cuestión, que no se haya entrado en este milenario a subrayar la riqueza lingüística de Álava en su conjunto. Ha faltado, dice, saber mirar la foto completa de la Reja, la de un territorio en el que convivieron, se desarrollaron juntas y se contagiaron mutuamente -y lo siguen haciendo mil años después- una lengua única, sin parentesco probado en el mundo, un tesoro vivo; y el segundo idioma con más hablantes nativos del planeta, después del chino mandarín y por delante del inglés.

 

 

No mucho antes del 1025, una de estas dos lenguas surgía de las cenizas del latín, mientras que la otra se contagiaba y revitalizaba a consecuencia del contacto mutuo. Si la configuración de las aldeas alavesas marcaba el fin del caos, crisis y migraciones de varios siglos que trajo consigo la caída del Imperio Romano; el asturiano, el navarro-aragonés y también el castellano suponían la cristalización en nuevos idiomas de la fragmentación paulatina pero imparable de la lengua de Cicerón. Y eso estaba ocurriendo en vivo y en directo en Valdegovía, en Lantarón o en Ayala, como en la Bureba, en el Valle de Mena o en el entorno de Miranda, cunas de un romance que, por diversas circunstancias y azares, sobrevivió a las demás variantes y ha acabado siendo la lengua materna de cerca de 500 millones de personas.

 

¿Qué nos dice la Reja sobre esa convivencia?

Explica Abaitua, con el mapa de la Reja sobre la mesa, cómo desde los límites de la Sakana con la Llanada hasta el desfiladero de Arganzón la toponimia muestra el vigor de un euskera renovado, sobre capas más antiguas, con restos de  lenguas célticas y de un latín que durante cinco siglos había sido hegemónico. Es pasar al otro lado y darse la situación contraria. Salvo muy contadas excepciones, de la sierra de Tuyo al oeste los nombres son mayoritariamente romances.

 

Dos elites que interactúan

Todo esto nos habla de dos comunidades diferentes, dos elites, una de cultura visigótica y otra vascona, bien diferenciadas. El euskera que, según defiende Abaitua, llegó a Araba en torno al siglo VI desde la Cuenca de Pamplona, se expandió desde su asentamiento principal en el entorno de Dulantzi hacia el valle del Deba y de ahí a la actual Bizkaia, y hacia La Rioja por Treviño y el puerto de Rivas; pero no consiguió rebasar la garganta del Zadorra en Arganzón. Cree el filólogo que es porque ahí detrás vivían unas clases pujantes y dinámicas, dueñas de un idioma en plena expansión y desarrollo, vigoroso, algo bastante similar a lo que pasaba también en la Llanada, donde la lengua vasca, como hemos dicho, se derramaba hacia el norte y hacia el sur.

 

La configuración toponímica del 1025 apenas ha variado en la Álava central y muestra una casi monolítica división entre estas dos comunidades. Sin embargo, cabe pensar que esos dos grupos humanos supieron respetarse primero, pactar y hacer negocios después, y probablemente, por último, mezclarse. Las mencionadas excepciones así lo sugieren. En la Reja aparecen unos pocos pueblos vascones insertos en tierra romance (Igay, Basquiñuelas, Artaza, Basabe)  y viceversa; con colonias castellanas en tierra euskaldun como Víllodas o Trespuentes.

 

Así pues, para cuando se redactó la Reja había en Álava «dos comunidades íntimamente relacionadas desde hacía varios siglos, hispano-romanos y vasco-navarro-aquitanos. Había una Álava vasca y una Álava romance que se alían; no se puede esconder la realidad de un pasado bilingüe», asegura Abaitua.

 

FOTOGRAFÍA: Google Earth/Joseba Abaitua

 

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Txus Díez

Periodista y fotógrafo. Fundador de ZUK

9 de noviembre de 2025 a las 09:17