A las ocho de la mañana del pasado 15 de octubre, Eneko Pou salió de Vitoria-Gasteiz al volante de una Volkswagen T4 que está a punto de cumplir treinta años. Tenía por delante tres montañas, unas cinco horas de carretera y una cena a las nueve de la noche con dos viejos compañeros de expediciones. Entre una cosa y otra quería cumplir un objetivo que llevaba tiempo rondándole por la cabeza: escalar en una misma jornada las aristas de Palomares, Peña Karria y Txindoki, tres de los grandes recorridos clásicos de la montaña vasca.
El mayor de los hermanos Pou conocía bien las tres crestas. Las había recorrido innumerables veces, con su hermano Iker y con otros alpinistas, y las utilizaba como terreno de entrenamiento para afrontar después paredes de los Andes, el Himalaya, los Alpes o la Patagonia. Lo diferente esta vez era enlazarlas en un solo día y hacerlo en solitario, sin cuerda y con zapatillas de aproximación, una modalidad en la que cualquier error en un tramo expuesto puede tener consecuencias graves.

«Era una idea que hacía mucho tiempo que me rondaba por la cabeza, pero que con tanto viaje y expedición nunca acababa de materializar», explica. Para Pou era «un bonito objetivo al lado de casa, en un lugar que amo y respeto a partes iguales». Inicialmente había convencido a Iker para que lo acompañara, pero su hermano enfermó en el último momento. Eneko decidió mantener el plan.

Palomares: la primera arista, entre las montañas y los viñedos
Poco más de una hora después de salir de la capital alavesa, Pou iniciaba la aproximación a la arista de Palomares, en la Sierra de Cantabria. Conocía la ruta, pero las condiciones exigían atención continua: avanzaba sin cuerda ni pies de gato, equipado con unas zapatillas La Sportiva TX4, pensadas para aproximaciones y pasos de escalada poco técnicos.
«Me moví rápido, siempre viendo dónde ponía cada pie, porque el abismo hacia cada lado es lo suficientemente grande como para no cometer ningún fallo», relata. La cresta, aérea y de roca caliza, le permitió disfrutar del paisaje sin perder de vista la exposición de cada paso. Alcanzó la cumbre, se hizo una fotografía y descendió hasta la furgoneta. Había completado la primera ascensión en algo más de dos horas y media.

Peña Karria: una arista corta, vertical y de roca descompuesta
De regreso al vehículo, un pintxo de tortilla hizo las veces de avituallamiento antes de ponerse en marcha hacia Arroyo de San Zadornil, en Burgos. El trayecto duró una hora y veinte minutos. Allí comenzó la aproximación a Peña Karria, en el límite entre Álava y Burgos y junto al entorno de Valderejo.

La segunda arista presentaba un desafío distinto. «A diferencia de la de Palomares, esta actividad es mucho más corta, lo que no quita que la escalada sea incluso más vertical y compleja en algunos tramos, porque la roca está más descompuesta», explica. La caída a ambos lados, hacia Burgos y Álava, imponía la misma concentración que en la primera montaña. Una vez arriba, se tomó la segunda fotografía del día y descendió al coche. Había empleado poco más de una hora y media.
Txindoki: el último objetivo, con el cansancio acumulado
La tercera ascensión obligaba a cambiar de territorio. Pou condujo hasta Larraitz, en Gipuzkoa, un trayecto de aproximadamente una hora y 45 minutos durante el que aprovechó para comer e hidratarse. Antes de llegar pudo distinguir la silueta del Txindoki, cuya arista occidental todavía tenía que recorrer. «Lo cierto es que hay pocas imágenes más bonitas que esta en Euskadi. Me sentí feliz de estar cerca de lograr el objetivo, aunque todavía me quedaba probablemente la más compleja y comprometida», recuerda.

El cansancio comenzaba a notarse y el terreno no ofrecía demasiadas concesiones. Los diedros pulidos exigían precisión a cada movimiento, especialmente con zapatillas de aproximación y sin una cuerda que pudiera detener una caída. «Fui surcando cada largo con todos los sentidos puestos en lo que hacía, en cada presa de mano y en cada presa de pie, porque no es un lugar en el que quieras fallar», cuenta.

La temperatura rondaba los 30 grados, según el relato del alpinista, y desde la cresta se abría el paisaje verde de Aralar. Pese al desgaste de las dos ascensiones anteriores, mantuvo la concentración y alcanzó la cima al atardecer. Allí conversó con Julen, uno de los pocos montañeros con los que se había cruzado durante el día, antes de iniciar el descenso. La puesta de sol le acompañó durante la bajada y llegó a la furgoneta ya de noche, con las tres aristas completadas.
Una cena en Vitoria-Gasteiz para cerrar la jornada
Aún quedaba regresar a Vitoria-Gasteiz. Pou había quedado a las 21:00 en el bar Manaí con Eduardo Martínez y Jesús María Otxoa, amigos y compañeros de antiguas expediciones, con quienes celebró lo que él mismo describe como una pequeña aventura.

No era la primera vez que los hermanos Pou practicaban en estas montañas. También habían compartido algunas de estas aristas con Juanito Oiarzabal, Juan Vallejo, Luis Ángel Rojo, Gorri, y su propio padre. En ocasiones las recorren con cuerda, mosquetones y pies de gato; otras, como en esta ocasión, sin cuerda, para buscar una preparación específica. Se trata, en cualquier caso, de escaladas expuestas reservadas a personas con experiencia técnica.

21,2 kilómetros, 2.176 metros de desnivel y cinco horas de conducción
El reloj Suunto Vertical 2 de Pou registró 21,2 kilómetros de recorrido, 2.176 metros de desnivel positivo y unas seis horas y 35 minutos de actividad. El dispositivo estimó además un gasto de 2.628 calorías. A esas cifras hay que añadir alrededor de cinco horas al volante para enlazar las tres montañas y regresar a casa.
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