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Sociedad
El Foro

Deiane Vázquez

Hoy hablamos de suicidio. ¿Y mañana qué?
Hoy hablamos de suicidio. ¿Y mañana qué?

Hay cifras que deberían detenernos. En Euskadi, según una reciente noticia, el número de personas atendidas en consultas de psiquiatría prácticamente se ha duplicado en apenas cinco años: de 58.100 pacientes en 2019 a 109.400 en 2024. Las bajas laborales relacionadas con la salud mental también han aumentado y, entre los/as jóvenes de 16 a 25 años, se han multiplicado por seis desde 2016. Además, el 4,4% de las personas con problemas de salud mental declara no haber podido recibir atención por motivos económicos.

 

Podemos leer estos datos como una señal de que cada vez somos más conscientes de la importancia de la salud mental. Y es cierto. Hemos avanzado: hablamos más de ansiedad, de depresión, de sufrimiento psicológico. Pedimos ayuda con menos miedo y con menos vergüenza. Pero sería demasiado sencillo quedarnos ahí. Porque cuando las consultas de psiquiatría se duplican, cuando las bajas laborales por motivos de salud mental se disparan entre los/as jóvenes y cuando todavía hay personas que no pueden acceder a tratamiento por razones económicas, quizá no deberíamos preguntarnos únicamente cuántas personas necesitan atención.

 

Deberíamos preguntarnos qué está pasando para que tantas personas necesiten llegar hasta ese punto.

 

Septiembre es el mes en el que hablamos especialmente de prevención del suicidio, pero prevenir no puede consistir únicamente en colocar un teléfono de ayuda en un cartel, publicar una infografía en redes sociales o recordar que debemos pedir ayuda cuando ya no podemos más. Prevenir significa llegar antes.

 

Mucho antes. Antes de la crisis. Antes de la angustia insoportable. Antes de que la ansiedad se convierta en una forma de vida. Antes de que la depresión nos quite las ganas de levantarnos de la cama. Antes de que alguien tenga que demostrar que está suficientemente mal para que su sufrimiento sea considerado urgente.

 

Y ahí aparece una cuestión que con frecuencia queda fuera del debate: la salud mental no ocurre únicamente dentro de nuestra cabeza.

 

Las personas vivimos en contextos. Nuestra salud también depende de dónde vivimos, de si podemos pagar el alquiler, de si tenemos un empleo digno, de si disponemos de una red de apoyo, de si estamos solos/as, de si sufrimos discriminación, de si podemos conciliar, de si tenemos tiempo para descansar, de si sentimos que pertenecemos a una comunidad.

 

Por eso el aumento de las consultas de salud mental debería ser también una llamada de atención. No estamos hablando solamente de psiquiatría. Estamos hablando de vivienda. De empleo. De educación. De cuidados. De pobreza. De precariedad. De soledad. De relaciones. De expectativas. De futuro. Estamos hablando de cómo vivimos.

 

¿Qué les estamos pidiendo a los jóvenes?

Hay un dato especialmente preocupante: las bajas laborales relacionadas con la salud mental entre las personas de 16 a 25 años se han multiplicado por seis desde 2016. Y quizá deberíamos detenernos un momento ahí.

 

A los/as jóvenes les repetimos que tienen toda la vida por delante. Que tienen oportunidades. Que deben formarse, competir, aprender idiomas, especializarse, encontrar un trabajo, independizarse, construir relaciones, viajar, cuidarse, hacer deporte, ser felices y aprovechar cada oportunidad. Les decimos que pueden con todo. Pero pocas veces les preguntamos si sienten que pueden con todo lo que les estamos pidiendo.

 

Vivimos en una sociedad que ha convertido el cansancio en una especie de virtud. Estar ocupado parece sinónimo de ser importante. Descansar se confunde con perder el tiempo. Pedir ayuda, todavía demasiadas veces, se interpreta como una muestra de debilidad. Y mientras tanto, las redes sociales nos ofrecen escaparates de vidas aparentemente perfectas: cuerpos perfectos, trabajos perfectos, relaciones perfectas, viajes perfectos.

 

Una persona joven puede tener cientos de seguidores y sentirse completamente sola. Puede estar rodeada/o de compañeros/as en la universidad y no tener a quién llamar cuando se rompe por dentro. Puede vivir en una ciudad llena de gente y sentirse absolutamente invisible. Quizá no necesitamos seguir diciéndoles que sean fuertes. Quizá necesitamos construir una sociedad en la que no tengan que ser fuertes todo el tiempo.

 

La soledad también enferma

Hay otra cuestión que deberíamos incorporar con mucha más fuerza al debate: la soledad. La soledad no siempre tiene la forma de una habitación vacía, aveces tiene la forma de una oficina, de una universidad, de un grupo de WhatsApp, de una fiesta, de una residencia, de una cuenta de Instagram con miles de seguidores.

 

Podemos estar rodeados/as de personas y, al mismo tiempo, sentir que no tenemos a nadie. Y esta realidad atraviesa todas las edades.

 

También a las personas mayores. El informe sobre salud mental en Euskadi señala que el 28,5% de las personas mayores de 75 años declara sufrir estrés y ansiedad de forma habitual, mientras que al ampliar la mirada a cualquier manifestación de malestar psicológico, la cifra alcanza el 57,1%.

 

Personas que han pasado décadas cuidando de otros y que, de repente, pierden a su pareja, sus amistades, su actividad laboral, su autonomía o sus espacios de participación.

 

Personas que pueden pasar días enteros sin mantener una conversación significativa y por eso hay una palabra que deberíamos recuperar: comunidad. Porque quizá prevenir también significa recuperar los barrios, los centros comunitarios, las asociaciones, las redes vecinales y los espacios de encuentro. Y es que no todo se resuelve en una consulta médica, no todo se resuelve con una pastilla, no todo se resuelve con una terapia individual. A veces también necesitamos una comunidad que sostenga.

 

No todo el mundo puede pedir ayuda

Existe además una contradicción que debería preocuparnos especialmente. Hemos conseguido que hablar de salud mental sea cada vez menos tabú. Hemos conseguido que más personas reconozcan su sufrimiento y busquen ayuda. Pero pedir ayuda no significa necesariamente poder recibirla.

 

El dato de que un 4,4% de las personas con problemas de salud mental en Euskadi no acceda a tratamiento por motivos económicos debería resultarnos incómodo. Porque la salud mental no puede convertirse en otro espacio de desigualdad.

 

Una persona no debería recibir una atención diferente dependiendo de su capacidad económica. Y tampoco debería tener que demostrar que está al borde del precipicio para que alguien considere que necesita ayuda.

 

No se trata de responsabilizar a los/as profesionales que trabajan en primera línea. Todo lo contrario. Quienes trabajan en salud mental, atención primaria, servicios sociales, educación o cualquier otro ámbito de atención directa conocen perfectamente esta realidad. Saben lo que significa tener más demanda que tiempo, más necesidades que recursos y más personas que atender de las que el sistema permite acompañar adecuadamente.

 

El problema no es la falta de humanidad de quienes están ahí. El problema es un sistema que muchas veces obliga a trabajar apagando incendios cuando lo que necesitamos es prevenirlos.

 

El Trabajo Social tiene algo que decir

Aquí el Trabajo Social tiene mucho que aportar, porque detrás de muchas situaciones de sufrimiento hay historias que no caben en un diagnóstico.

 

Una persona que no puede pagar el alquiler. Una joven que encadena contratos precarios. Un estudiante que siente que nunca está a la altura. Una mujer que sostiene sola los cuidados de toda una familia. Una persona mayor que vive sola. Una persona migrante alejada de su red afectiva. Una familia atravesada por la pobreza. Una persona con discapacidad que encuentra barreras constantemente. Un adolescente que parece tenerlo todo y que, sin embargo, no sabe a quién llamar cuando se rompe por dentro.

 

Por eso necesitamos dejar de preguntar únicamente «¿qué le pasa a esta persona?» También tenemos que preguntar: «¿Qué le está pasando a su entorno?» Y, todavía más incómodo: «¿Qué está haciendo nuestra sociedad para que esta persona haya llegado hasta aquí?» Porque no podemos convertir en un problema exclusivamente individual aquello que también tiene causas sociales.

 

Prevenir no es llegar a tiempo

Hay una expresión que deberíamos desterrar de nuestras instituciones: «haber llegado a tiempo». Llegar a tiempo no debería ser un mérito, debería ser lo normal.

 

No queremos profesionales que tengan que intervenir cuando ya no queda margen, no queremos familias que, después de una tragedia, se pregunten qué podrían haber hecho, no queremos personas que tengan que gritar para ser escuchadas, no queremos que la única puerta que se abra sea la de urgencias.

 

Queremos puertas abiertas mucho antes, queremos prevención real, queremos recursos, queremos profesionales, queremos tiempo, queremos escucha, queremos acompañamiento, queremos comunidad.

 

Los datos que hoy tenemos delante deberían servir precisamente para eso: para dejar de mirar la salud mental únicamente cuando aparece la crisis. Porque el incremento de las consultas puede significar que estamos rompiendo el estigma y que cada vez más personas se atreven a pedir ayuda. Pero también puede estar diciéndonos algo más profundo: hay demasiado sufrimiento acumulándose en nuestra sociedad. Y no podemos responder a ese sufrimiento únicamente aumentando consultas, tenemos que preguntarnos qué podemos cambiar antes de que esas consultas sean necesarias.

 

Una sociedad que permita vivir

Quizá septiembre no debería ser solamente el mes en el que hablamos del suicidio, debería ser el mes en el que hablamos de vida. De qué condiciones necesitamos para que las personas puedan vivir con dignidad.

 

De vivienda. De empleo. De cuidados. De vínculos. De comunidad. De infancia. De juventud. De envejecimiento. De pobreza. De igualdad. De acceso a la salud mental. De servicios sociales suficientemente dotados. De profesionales que puedan acompasar y no únicamente apagar incendios.

 

Porque prevenir el suicidio no empieza cuando alguien dice que quiere morir. Empieza mucho antes. Empieza cuando una niña crece en un entorno seguro. Cuando un adolescente sabe que puede hablar sin ser juzgado. Cuando una persona joven tiene oportunidades reales para construir un proyecto de vida. Cuando alguien pierde su empleo y encuentra una red que le sostiene. Cuando una familia no tiene que elegir entre pagar la luz y pedir ayuda psicológica. Cuando una persona mayor no pasa semanas sin que nadie llame a su puerta. Cuando pedir ayuda no se convierte en una carrera de obstáculos. Cuando los servicios públicos tienen capacidad para escuchar. Cuando Trabajo Social, Psicología, Psiquiatría, Educación y Medicina pueden trabajar conjuntamente y con tiempo.

 

Cuando entendemos que cuidar no es un lujo es una responsabilidad colectiva y quizá esa sea la conclusión que deberíamos sacar de todas estas cifras.

 

Detrás de cada número hay una persona, detrás de cada baja hay una historia, detrás de cada consulta hay alguien que, en algún momento, decidió pedir ayuda. Y detrás de cada persona que llega al límite suele haber muchas señales que aparecieron mucho antes.

 

Por eso la pregunta no debería ser solamente: ¿Cómo podemos prevenir el suicidio? La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿Qué estamos haciendo como sociedad para que las personas no tengan que llegar hasta ese punto? Ahí empieza, de verdad, la prevención. Y quizá también ahí empieza una sociedad más humana.

 

Deiane Vázquez García. Trabajadora Social Forense y poeta

 

FOTOGRAFÍA: Magnific

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